El tiempo tras el tiempo

Juan Antonio Belmonte / Annia Domènech / 31-12-2002

El tiempo corre tan sin prisa que es imposible retenerlo. Para compensar semejante libertinaje, se intenta fijar y controlar, predecir cuándo va a ocurrir qué. A lo largo de la historia, se ha ordenado y desordenado muchas veces. Finalmente, parte del mundo se ha puesto de acuerdo en utilizar el mismo patrón: el calendario Gregoriano, un calendario solar de 365,2425 días de duración.

Pese a su éxito actual, otras culturas y en otras épocas no lo utilizaron. El calendario Gregoriano surge con la relación entre la crecida del Nilo y determinados fenómenos astronómicos. Hace cinco mil años, en Egipto se vio la coincidencia temporal, cada 365 días más o menos, entre la inundación provocada por el desbordamiento del dios Nilo Hapi, que regaba y fertilizaba las tierras; la excursión máxima hacia el norte del dios Sol Ra-Horakhty; y el renacimiento de la diosa Isis.

Ra-Horakhty subía tan alto en lo que hoy se conoce como solsticio de verano, es decir, el punto extremo de salida del Sol por el norte (cuando es por el sur, se habla de solsticio de invierno) a lo largo del año. Ambos solsticios son los momentos de máxima separación entre el plano de la eclíptica, que contiene la órbita de la Tierra alrededor del Sol, y el del Ecuador celeste.

En el caso de la diosa Isis, volvía a nacer con la reaparición al amanecer de la estrella Sepedet (la brillante Sirio), tras un largo período de invisibilidad.

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El autor

Juan Antonio Belmonte es Doctor en Astrofísica por la Universidad de La Laguna y Coordinador de Proyectos del Instituto de Astrofísica de Canarias.

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Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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  • Solsticios de verano e invierno
  • Eclíptica