Cuando uno no es el primero sino el tercero

Annia Domènech / 31-01-2008

Es bien conocida la carrera para llegar a la Luna que protagonizaron americanos y soviéticos, y que ganaron los primeros con el alunizaje de la nave Apolo 11 en 1969. Pero aunque en la memoria colectiva la victoria estadounidense se haya grabado indeleblemente, ésta fue en gran parte consecuencia de su derrota en otro reto: poner un satélite en órbita.

Fue Sputnik el pionero de los satélites espaciales al ser lanzado el 4 de octubre de 1957, hecho que dio comienzo a la carrera espacial. De nacionalidad rusa, tardaba 98 minutos en recorrer la órbita terrestre en una trayectoria elíptica. Medía sólo 58 cm de diámetro, pero su superficie brillante de aluminio pulido lo hacía bien visible desde la Tierra al reflejar la radiación solar, al mismo tiempo que se podía oír el bipbipbip enviado por sus dos radiotransmisores utilizando una radio doméstica.

Durante tres semanas, el primer objeto construido por el hombre que abandonó la atmósfera del planeta, dio información a los científicos soviéticos con señales de radio. Emitía a una cierta frecuencia, que usaban las estaciones terrestres para, por triangulación, ubicar su posición y las de ellas. De 83,6 kg de peso, en gran parte por sus pesadas baterías, conmocionó el mundo, especialmente el estadounidense. Aunque en los círculos científicos americanos el logro de sus colegas soviéticos fue admirado adecuadamente, el ciudadano de a pie temió por su seguridad, pues pensó que la URSS también podría lanzar misiles cargados con armas nucleares.

Lo cierto es que el alarmismo provocado por el exitoso lanzamiento del Sputnik fue incongruente. Con motivo de la celebración del Año Geofísico Internacional, que iba a tener lugar de julio de 1957 hasta diciembre de 1958 coincidiendo con el máximo de actividad solar que ocurre cada 11 años, se hizo una llamada al lanzamiento de satélites al espacio para el estudio de la superficie y atmósfera terrestres. Tanto la URSS como EE.UU. notificaron su intención de responder a dicha demanda, así que no tuvo nada de extraño que la primera, que además había informado poco antes de que el lanzamiento era inminente, lo realizara.

Sin embargo, el estado de aprensión causado por un artefacto que, además, sobrevolaba los Estados Unidos siete veces al día, fue agravado el 3 de noviembre con el lanzamiento del Sputnik 2: 500 kg de peso, cuatro metros de altura por dos de diámetro, y un ser vivo en su interior, la perra Laika. Ello tampoco llegó sin aviso previo. En un simposio en Copenhague, cuando se preguntó al responsable científico del programa espacial soviético si el primer astronauta sería un soviético o un americano, la respuesta fue: "Ninguno de los dos. El primer astronauta será un perro. Un perro soviético, por supuesto".

La presión sobre los americanos aumentaba y, seguramente, aceleró el lanzamiento del satélite americano, el Vanguard, del Naval Research Laboratory (Laboratorio de Investigación de la Marina). Éste era el proyecto escogido por los Estados Unidos para el Año Geofísico Internacional frente al Orbiter del Jet Propulsion Laboratory (JPL, Laboratorio de Propulsión a Chorro), entonces regido por el Ejército.

Pero el Vanguard explotó espectacularmente el 6 de diciembre de 1957 en la pista de lanzamiento, seguramente por falta de verificaciones suficientes al intentar dar una respuesta rápida al logro soviético. Entonces fue la oportunidad del Orbiter. El proyecto reunió al equipo del JPL, donde se diseñó y construyó el satélite finalmente llamado Explorer, dirigido por William A. Pickering; y al Army Ballistic Missile Agency (Agencia de Misiles Balísticos del Ejército), que se encargó del cohete Jupiter-C, con Wernher von Braun a la cabeza, ingeniero alemán de gran brillantez que se rindió a los americanos tras la Segunda Guerra Mundial. El responsable de los experimentos científicos fue James A. Van Allen, un físico de la Universidad de Iowa.

El Explorer tenía dos radiotransmisores distintos para contactar con la Tierra y estaba equipado con seis antenas: dos en el cuerpo del satélite y cuatro "alambres". Contenía tres experimentos científicos: sensores de temperatura, para controlar que ésta no fueran inadecuada para el buen funcionamiento de la carga útil; detectores de micrometeoritos; y, el más importante, un detector de rayos cósmicos con un contador Geiger. Los rayos cósmicos son iones a gran velocidad procedentes del Universo más lejano. Van Allen no tuvo tiempo de poner a punto la grabadora de datos, así que estos sólo estarían disponibles cuando el satélite pasara por la zona de alcance de una estación terrestre.

Este satélite, con forma de bala, de 203 cm de longitud por 15,9 de diámetro y 14 kg de peso, fue lanzado exitosamente con un cohete Jupiter-C el 31 de enero de 1958, hace hoy 50 años, desde Cabo Cañaveral (Florida). Sin embargo, la confirmación de que realmente se había situado en órbita no llegó hasta casi dos horas más tarde, cuando una estación en el desierto de California recibió su señal. Antaño las redes de comunicaciones terrestres no estaban tan extendidas como hoy en día, y la estación previa por la que pasó no funcionó correctamente, lo que debió poner muy nervioso a más de uno. Las estaciones de Nigeria y Singapur, que sí recibieron la señal, no tenían medios para notificarlo a los americanos con rapidez. El mundo era otro.

Explorer recorría su órbita alrededor de la Tierra en 114,8 minutos (12,54 giros por día), y lo hizo 58.000 veces antes de quemarse en la atmósfera terrestre al precipitarse en el Océano Pacífico el 31 de marzo de 1970. Sus experimentos científicos resultaron provechosos: los sensores de temperatura informaron de que ésta era controlada en los márgenes adecuados, y los detectores de meteoritos que había muchos menos de los esperados. Su gran logro fue detectar por vez primera los llamados cinturones de radiación de Van Allen: en parte de la órbita la señal de rayos cósmicos era nula. Van Allen dedujo que ello podría ser causado por la saturación del instrumento que los medía por partículas cargadas emitiendo una fuerte radiación, o que fue confirmado posteriormente.

Michael Griffin, Administrador de la Agencia Espacial NASA, ha afirmado que "sin Sputnik no hubiera existido Apolo", refiriéndose al programa que llevó el hombre a la Luna. Probablemente tampoco hubiera existido la NASA, pues bajo la presidencia de Eisenhower, y como resultado de todos los sucesos mencionados, el congreso pasó la National Aeronautics and Space Act, responsable de la creación de la National Aeronautics and Space Administration (NASA) el 1 de octubre de 1958: la exploración del espacio se volvía civil.

Actualmente, casi mil satélites orbitan alrededor de la Tierra. De ellos, el más antiguo que permanece "allí arriba" es el Vanguard 1, lanzado el 17 de marzo de 1958, sucesor de aquél que falló estrepitosamente. En la exploración del espacio, los fracasos suceden a los éxitos, y viceversa. Quizás en todo ocurre así.

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El autor

Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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