Del día al año, y tiro porque me toca

Annia Domènech / 30-12-2011

En estas fechas, los días son cortos.

En estas fechas, los días duran veinticuatro horas.

La palabra día tiene como dos principales acepciones el tiempo en que el Sol está sobre el horizonte y el tiempo que la Tierra emplea en dar una vuelta alrededor de su eje. En ambas se habla de tiempo y de cuerpos astronómicos, no es casualidad. Son los juegos de los astros los que establecen el día, y no sólo el día, también el año.

El tiempo fluye sin cortapisas, es el ser humano el que lo compartimenta para guiarse y poder establecer cronologías. Segundos, minutos y horas son contados por relojes, desde el solar, que se sabe ya era usado en la Antigüedad, hasta los mecánicos actuales. Se inventaron para contabilizar “ratos” de la vida. Este artículo no trata de los tiempos cortos, aunque adicionándolos se llegue al día, la unidad básica de un calendario, nuestro objeto de interés ahora que nos disponemos a remplazar el de 2011 por el de 2012. Las otras unidades principales son el mes y el año. Las tres son el resultado de giros: el de la Tierra sobre sí misma, el de la Luna en torno a la Tierra y el de la Tierra alrededor del Sol.

El día natural es un buen régimen de medida. Desde que la especie humana pisa el planeta ha regulado su actividad. Antes que ella, el resto de seres vivos, animales y vegetales, ya se regían por el ciclo día y noche, que modeló, evolutivamente hablando, su forma de ser. Los antiguos griegos utilizaban nycthémère (noche y día) para denominar el período de veinticuatro horas. El siglo IV antes de Cristo, con la comprensión del fenómeno de los eclipses, establecieron que el Sol causaba la alternancia entre luz y oscuridad. Copérnico aclararía una veintena de siglos después que es la propia Tierra al girar sobre sí misma la responsable de la salida y puesta solares.

El Homo sapiens para organizarse necesita contar. Y para poder contar requiere que haya cambio, pues es lo único que le permite medir que el tiempo que pasa. Guiarse por días está bien, pero cuando se supera una cifra la tarea deviene ardua pues sólo tenemos diez dedos en las manos. Hay algo cuya apariencia varía a lo largo de una treintena de días de forma evidente, incluso para un observador poco atento, en cualquier momento de la Historia (y la Prehistoria): la Luna.

Durante su ciclo, la Luna emerge progresivamente de entre las sombras, en una danza en la que el Sol aporta la luz, la Luna la refleja y la Tierra hace de comparsa. El primer día nuestro satélite permanece oculto, en fase nueva. De oeste a este, el reflejo de la radiación solar enseña un poquito más de su cuerpo cada noche, hasta que el día quince es completamente visible, Luna llena. Las dos semanas siguientes vuelve a velarse hasta esconderse de nuevo. En una época del pasado, sin electricidad, o incluso sin fuego, cabe imaginar que los trayectos nocturnos se programaban coincidiendo con la Luna llena.

La duración de las lunaciones varía, de media se contabiliza en veintinueve días y medio. Para adaptarse a ella, los calendarios lunares alternan los meses de 29 y 30 días, que empiezan siempre en la misma fase. En ellos un mes se sitúa sucesivamente en invierno, otoño, verano y primavera. Poco práctico, ¿verdad? Históricamente el Sol ha batido como referente temporal a su satélite, aunque nos quedan remanentes del reinado del primero.

La herencia de la tradición lunar persiste, en efecto, en el calendario gregoriano por el que nos regimos actualmente, radicalmente solar, en la realidad de las semanas y los meses, aunque su transcurrir ya no esté correlacionado con las fases lunares (los doce meses ahora son de 30 y 31 días, salvo febrero, así el año cuadra con las estaciones). La etimología pone en evidencia esta relación: en griego, Néomenia significa Luna nueva (Néo, por nueva y menia por Luna), pero también denomina al día 1 de cada mes.

Hemos visto cómo los movimientos de los cuerpos celestes causaron la designación de los días y los meses como unidades de medida. Sabemos que el siguiente peldaño, de 365 días, es el año. ¿Qué pudo determinar que doce meses constituyeran la unidad de referencia para tantas cosas: la edad, los impuestos, las buenas intenciones… (estarán ya reflexionando en las de 2012, ¿verdad?).

Pues fueron también los astros: un año es el tiempo que tarda la Tierra en completar una órbita alrededor de su estrella. Visto desde el punto de vista terrestre, corresponde a la eclíptica, la trayectoria aparente del Sol en el cielo, el cual recorre en 365 días las constelaciones del zodíaco. El año trópico, la medida exacta del tiempo transcurrido entre dos pasos aparentes del Sol por el mismo equinoccio o el mismo solsticio, tiene un valor exacto de 365,2422 días (o 365 días, 5 horas, 48 minutos y 48 segundos). Como constataremos, poner de acuerdo un calendario con este valor no es tarea fácil.

Volvamos a la Prehistoria. Un año es largo y sus términos precisos complejos de establecer. ¿Cómo delimitaron este período nuestros antepasados? Sin duda se fijaron en que el Sol no siempre está a la misma altura en el horizonte. Y en que las constelaciones varían. Descubrieron la periodicidad de las estaciones, y las particularidades de cada una: los frutos de los que podían nutrirse y su disponibilidad, cuando eran recolectores; en qué período había que emigrar y hacia dónde, siendo nómadas; en qué momento podían plantar las cosechas, de agricultores…. Son sólo unos pocos ejemplos de los cambios y sus consecuencias que encuadraba un año para ellos.

Hasta el calendario gregoriano, hubo años de distinta índole o, dicho de otro modo, cientos de calendarios desde que los días comenzaron a contarse. Para hacer coincidir el año del calendario con el año trópico y evitar así desajustes que con el transcurrir del tiempo provocaran que los meses cambiaran de estación, se hacían ajustes empíricos con resultados diversos.

En el Egipto de los faraones el calendario incluía doce meses de treinta días, a los cuales se añadían cinco más al acabar el año. ¿La cuadratura del círculo? No, pues pese a acercarse mucho al año de las estaciones contenía un desajuste de un día cada cuatro años, casi un mes por siglo.

El calendario juliano, cuyo nombre procede de Julio César constaba de 365 días distribuidos en doce meses, con un año de 366 días cada cuatro, llamado bisextil (bisiesto), por lo que el año medio duraba 365,25.

Pese a esta precaución, el desfase entre el año juliano medio y el año trópico provocó desde el Concilio de Nicea, celebrado el año 325, hasta el siglo XVI un desajuste de unos diez días. Y esto dio lugar a una reforma impulsada por el Papa Gregorio XIII, en cuya decisión no tuvo poco peso el hecho de que la Pascua, fijada por medio del día del equinoccio de primavera de 325, el 21 de marzo, se había corrido una decena de días hacia el verano en 1582. (Equinoccio podría definirse como el momento en el que el Sol está exactamente en el plano del ecuador celeste, siendo el de primavera cuando la estrella pasa del sur al norte de dicho plano).

Para ajustar ese desajuste, en varios países, entre ellos España, el 4 de octubre de 1582 dio paso al 15 de octubre de ese mismo año. Y para evitar futuros desarreglos, los años bisiestos son desde entonces los divisibles por cuatro, de los que se excluyen los acabados en dos ceros salvo los divisibles por 400. Con esta reforma el calendario gregoriano se ajusta al calendario trópico con únicamente una veintena de segundos “sobrantes” anuales. Esta propuesta fue rápidamente adoptada en occidente y actualmente es de uso universal, aunque se utilicen otros calendarios en paralelo para las fiestas religiosas y tradicionales.

Mucho intentar concertar meses y años con la mecánica celeste y resulta que el año trópico no es constante, sino que cada vez es más corto, y que el día tampoco lo es, cada vez es más largo al estar la rotación terrestre siendo frenada. De momento estos cambios no afectan a un calendario, el gregoriano, que cumple satisfactoriamente con su cometido. Como está basado en el calendario juliano, se puede afirmar que nuestra cronología tiene 2.000 años de historia anclada en Roma, como tantos otros protagonistas de nuestra vida cotidiana. Por cierto, la palabra calendario deriva de “calendes”, el primer día del mes para los romanos, y en los años bisiestos, como 2012, el día extra se añade en febrero porque éste fue durante una época su último mes del año…

¿Que 2012 es…? Pues sí, hagan los cálculos. Feliz 2012, año bisiesto.

Fuentes de información:

Couderc, Paul: Le calendrier. Collection Que sais-je? Paris, 1981.

O´Neil, W.M.: Time and the calendars. Sydney University Press, Sídney, 1975.

Varios: Les cahiers Clairaut, nº 136. CLEA. Mercuès, diciembre de 2011.

Comentarios (1)

Compartir:

Multimedia

El autor

Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

Ver todos los artículos de Annia Domènech

Glosario

  • Sol
  • Calendario
  • Eclipse
  • Estrella
  • Órbita
  • Eclíptica
  • Equinoccios
  • Ecuador