Ágora

Antonio Mampaso / 30-11-2009

Cuenta Alejandro Amenábar que se quedó impresionado al ver la Vía Láctea yendo en un barco hacia Ibiza. La consecuencia, cinco años después, es la película Ágora.

Una noche, hace un par de meses creo que pude entender lo que le pasó. Estaba en una playa de Boavista, en Cabo Verde, sin hacer nada en particular, sólo disfrutar de un cielo que estaba increíblemente oscuro, sin Luna y sin nada de contaminación lumínica. La Vía Láctea brillaba mucho más que cualquier otra cosa: una banda luminosa que cruzaba todo el cielo, surgiendo nítida desde el mar, en el Sur, y pasando por las constelaciones familiares del verano, Sagitario, el Águila y el Cisne, hasta acabar, aún ancha y brillante, muy al Norte, en Casiopea. Mostraba una extraordinaria riqueza de formas y estructuras. Yo miraba asombrado con y sin gafas ("soy de vista débil", que diría Kepler) porque así percibía formas diferentes, brillantes, oscuras... En treinta años que llevo observando el cielo no había sentido algo así. Ciertamente no hubo nada milagroso aquella noche, lo que pasa es que he observado casi siempre desde dentro de una cúpula y con un telescopio, mientras que ahora podía estar varias horas al aire libre, con buena temperatura, un cielo extraordinariamente oscuro... y sin preocuparme por medir nada; simplemente mirando. Así que en Boavista descubrí la Vía Láctea tal como la vieron nuestros abuelos, como la vieron los Homo Sapiens, Antecessors, Erectus, Habilis y demás hombres y animales con ojos, pasados y presentes, y como la vio Amenábar. Impresiona de verdad.

Las preguntas que surgen tras sentir esa inmensidad de la Vía Láctea (¿Qué sabemos realmente del Universo? ¿Cómo se ha llegado a saber lo que se sabe? ¿Quiénes pensaron en esas cosas? ¿Qué tipo de personas eran?) atraparon a Amenábar, que empezó a leer sobre Astronomía y a revisar la serie Cosmos, de Carl Sagan. Debió estar un año dándole vueltas al asunto, junto a sus amigos el guionista Mateo Gil y el productor Fernando Bovaira, el trípode donde se apoya el viaje al pasado de Ágora, porque cuando Amenábar y Gil llegaron a Tenerife en el verano de 2005 traían un arsenal de datos, ideas y preguntas que me dejaron impresionado. Visitaron los observatorios canarios, incluyendo una noche de observación con un pequeño telescopio de estudiantes que hay en el Observatorio del Teide (Tenerife), el Mons de 50 cm, y otras dos noches con el telescopio Isaac Newton de 2,5 m del Roque de los Muchachos (La Palma), donde, por casualidad, tenía yo en esas fechas un proyecto para investigar precisamente el plano de la Vía Láctea.

Pero ni Amenábar ni Gil parecieron demasiado impresionados al mostrarles yo la nebulosa de la Lira, la estrella doble Albireo, el cúmulo globular del Centauro, ni nada de lo que les puse en el Mons. Lo mismo pasó, más o menos, al ver las imágenes del plano galáctico que mis colaboradores estaban obteniendo con el Isaac Newton. Miraban educadamente, eso sí, lo que yo les mostraba, pero enseguida me llevaban a lo que realmente les interesaba: qué es la gravedad, qué es la inercia. ¿Y el efecto Doppler? ¿Y la relatividad de Galileo? ¿Y la relatividad de Einstein? La tercera noche, de madrugada, habíamos llegado ya a: ¿y qué pasa si uno va en una barca a velocidad uniforme y dispara una bala que se cruza con una partícula relativista como un fotón...? Claramente, no habían venido de turismo a ver el cielo, sino a hablar de Astronomía y de astrónomos; yo estaba sinceramente asombrado por el interés y la pasión que mostraban, por la profundidad de los argumentos y preguntas, y por su rapidez mental, que me obligaba a seguir los razonamientos improvisando ejemplos, cuando podía, o diciendo "déjenme que lo piense", cuando no. En cierto momento me preguntó Amenábar ¿sabes algo de Hipatia? Vagamente me sonaba ese nombre de un gabinete de psicología que hay en Santa Cruz (Tenerife). O sea, ni idea. Aparecieron Einstein, Newton, Kepler, Galileo, Copérnico, ahora Hipatia, personajes y vidas muy interesantes... quizá demasiados personajes y demasiado complejas sus vidas; claramente había que poner orden en todo eso.

Un par de meses más tarde recibí un correo de Amenábar donde decía que se habían decidido por Hipatia y en marzo de 2006 fuimos a Egipto a ver un eclipse total de Sol que, por suerte, eso sí que no se puede planear, pasaba ese año muy cerca de Alejandría (tan cerca como el eclipse total del año 402, que quizás vio Hipatia). Ese viaje sirvió para sumergirnos un poco en la Astronomía antigua y en la cultura egipcia de la época grecorromana, e intentar revivir la vida cotidiana de las gentes de Alejandría (y sus caras, no hay más que ver los retratos de Al Fayum). También para toparnos, en los templos coptos del Nitria, con el otro componente que marcó la vida de Hipatia, la religión. Aún recuerdo una intensa discusión con uno de los monjes, llamado Nicomedes y ataviado como el obispo Teófilo en Ágora, sobre los textos existentes acerca de la virginidad de María.

Pero vamos a la protagonista de la historia, Hipatia. De nadie saber casi nada sobre Hipatia, incluido yo, hemos pasado, a causa de Ágora, a opinar todos en periódicos, libros, blogs, páginas de internet, tertulias en radio y TV... Esta película va a atraer a tantos jóvenes a la Historia como a la Astrofísica. Hipatia es un personaje real, al menos tan real como los que aparecen en las crónicas de la época, es decir, tan real como su padre, Teón, como los obispos Cirilo y Sinesio, como el prefecto imperial Orestes, etc.; los historiadores no tienen motivos para pensar que sean todos personajes inventados. Como en el juego deQuién es Quién, podemos empezar la historia así: "Hipatia fue un personaje femenino". Lo que, por cierto, no es poco: que una mujer sobresaliera tanto en aquella época como para que las crónicas hablen de ella sin ser "la esposa de" o "la madre de", es de por sí notable. Más allá de eso, se sabe muy poco de cierto sobre Hipatia; lo más relevante son tres crónicas primarias (o sea, sobre las no que se conocen textos anteriores que pudieran haberse copiado), muy escuetas, y las cartas de Sinesio de Cirene, su discípulo.

Existen suficientes datos históricos como para estar razonablemente seguros de tres cosas, las tres muy relevantes en la trama astronómica de la película:

-Hipatia fue una reconocida maestra.

-Fue una gran filósofa (hoy diríamos científica) experta en geometría y, en particular, en las secciones cónicas, es decir, en las cuatro familias de curvas que surgen al cortar un cono (circunferencia, elipse, parábola e hipérbola).

-Fue una gran astrónoma e inventora (o, al menos, usuaria avanzada) de algunos instrumentos físicos, como el hidrómetro para medir densidades, y astronómicos. Muy probablemente participó junto a su padre en el desarrollo del astrolabio plano, uno de los instrumentos más importantes hasta la invención del telescopio, mil doscientos años después.

Los guionistas de Ágora han juntado esas tres facetas históricas en una trama astronómica inventada pero verosímil, en la cual Hipatia recorre, a lo largo de la película, un viaje intelectual para descifrar el enigma de las órbitas planetarias y la estructura del universo entonces conocido. El viaje se inicia con el viejo modelo geocéntrico de Ptolomeo y acaba con las elipses de Kepler, adoptando, a media película (en la escena del barco de Orestes) el modelo heliocéntrico de Aristarco que la Hipatia de ficción no abandonará ya hasta el final.

Así pudo haber sido la historia... pero no lo fue hasta doce siglos después, cuando Kepler, al concluir lo que llamaba "mi guerra con Marte", descubrió que éste, efectivamente, no se mueve en un círculo perfecto alrededor del Sol, sino en una elipse, y cuando Galileo desarrolló su teoría de los movimientos relativos. Ahí se esconde el mensaje astronómico de la película: en la época de Hipatia ya se tenían los conocimientos matemáticos y geométricos necesarios, ya existía la teoría heliocéntrica alternativa al modelo de Ptolomeo y ya se habían registrado observaciones astronómicas discrepantes (como el pequeño cambio en el diámetro aparente del Sol que muestra la película) que hubieran permitido, de no haberse destruido tantos libros y embotado con ideas absurdas tantos cerebros, adelantar quizá en siglos la respuesta correcta al modelo del mundo. Hipatia pudo haberlo hecho.

Pero es cierto que aún sorprende a muchos que los antiguos supieran tanto. Al ver, por ejemplo, las pirámides de Egipto, la gente piensa que son obra de extraterrestres. ¿Cómo subían esas enormes piedras hasta arriba? ¿Cómo conocían con tanta precisión las formas matemáticas de las pirámides y sus orientaciones astronómicas? Simplemente tenían mayores conocimientos sobre estos temas que el ciudadano medio de hoy. Cualquiera que pudiera hoy discutir con Euclides, Aristarco o Ptolomeo de Geometría o de Astronomía quedaría deslumbrado con su saber, que no sólo abarcaba teorías o ideas abstractas, no sólo "filosofaban", sino que incluía unas habilidades técnicas a veces asombrosas. Investiguen, si tienen curiosidad, acerca de una máquina llamada de Antikitera, una calculadora mecánica analógica diseñada para realizar cálculos astronómicos y construida unos 250 años antes de nacer Hipatia. Ha sido descifrada y restaurada recientemente por un equipo de historiadores, ingenieros y astrónomos. Resulta asombroso que los antiguos poseyeran los conocimientos matemáticos, astronómicos y tecnológicos necesarios para fabricar algo así. Si se reuniera a media docena de astrofísicos e ingenieros a diseñar esa máquina sin ordenadores, y a construirla con las herramientas mecánicas antiguas, veríamos cuánto tardaban, si es que lo lograban.

Investiguen también sobre Teón, el padre de Hipatia; verán que él mismo explica en su Libro VI del Comentario al Almagesto cómo calculó los elementos astronómicos de un eclipse parcial de Sol que vio en Alejandría el 16 de junio del año 364. Lo hace como un ejercicio para que sus alumnos aprendan a usar el Almagesto de Ptolomeo con su Manual de Tablas astronómicas. El análisis moderno de los cálculos de Teón demuestra que coinciden con los actuales con una excelente precisión. ¡Y eso que usaba el modelo equivocado, el geocéntrico de Ptolomeo, con todo el lío de los epiciclos, deferentes, ecuantes y demás, que tanto complica los cálculos!

Lo que en el fondo nos dice todo eso es que, aunque los antiguos sabían mucho, sus conocimientos sólo eran, igual que ahora, frágiles construcciones mentales; ideas que mueren fácilmente si caen en el olvido... más aún si los poderes sociales fomentan que se olviden. Uno de los sabios modernos, el premio Nobel de Física R. Feynman, empezó en 1963 un ciclo de conferencias sobre ciencia, política y religión diciendo: "Las ideas que quiero describir son viejas. No hay prácticamente nada que yo vaya a decir esta noche que no hubieran podido decir los filósofos del siglo XVII. ¿Por qué repetir todo eso? Porque todos los días nacen nuevas generaciones. Porque durante la historia del hombre se han desarrollado grandes ideas y esas ideas no perduran a menos que se transmitan deliberada y claramente de una generación a la siguiente". Ése es otro mensaje implícito de Ágora: incluso hoy, las grandes ideas no están a salvo.

Volviendo a los sabios antiguos... ni siquiera la idea de los epiciclos era una estupidez. Los epiciclos existen realmente en las órbitas de los astros. La Luna gira en algo menos de un mes alrededor de la Tierra recorriendo una órbita casi circular, cierto, pero, al estar ligada a la Tierra, también gira alrededor del Sol en otra órbita casi circular dando una vuelta cada año. O sea, un círculo sobre otro círculo: eso es un epiciclo. Y lo mismo las órbitas de los demás satélites que giran alrededor de Marte, Júpiter, Saturno, etc., todo eso son epiciclos.

En realidad todo son epiciclos, porque ¿no gira la Tierra alrededor del Sol pero también alrededor del centro de la Galaxia, al estar ligada al Sol? ¿No gira éste también en otro epiciclo al girar nuestra Galaxia alrededor del centro de masas del Grupo Local de galaxias? Sí; todo son epiciclos, los antiguos no eran tontos. Pero, entonces, emulando a Orestes en la película cuando Hipatia le dice "los cielos tienen que ser simples"... ¿Quién tiene razón? ¿Tenía razón Ptolomeo con sus epiciclos? Los antiguos no se equivocaron al inventar los epiciclos, sino al poner a la Tierra en el centro; hoy la ciencia ha demostrado que la Tierra no es el centro de nada, ni del Sistema Solar, ni de la Galaxia, ni de nada.

¿Y qué pasa con poner o no poner la Tierra en el centro? Pues hoy no pasa nada, al menos eso esperamos, nadie mata a nadie por decir que la Tierra no es ningún centro, pero en aquel entonces sí era muy importante... tanto como para matar. ¿Mataron a Hipatia por sus conocimientos astronómicos? No se sabe, quizás sí, o quizás no. Lo cierto es que fue cruelmente asesinada por un grupo de cristianos y es probable que, como se cuenta en la película, la mataran por una combinación de las luchas políticas y religiosas de la época; quizá la Astronomía no tuvo nada que ver. Pero lean este texto extraído de una de las tres fuentes primarias que, como decía más arriba, existen sobre Hipatia. Es la crónica del obispo Juan de Nikiu, escrita a finales del siglo VII, y comienza así:

"Y en aquellos días vivió en Alejandría una filósofa pagana llamada Hipatia que se dedicaba todo el tiempo a la magia, los astrolabios y los instrumentos de música, y encantaba a mucha gente con sus engaños satánicos". Los astrolabios le parecen al obispo instrumentos peligrosos, cosas de brujas, encantos de Satanás.

La crónica termina así:

"Y después se juntó una multitud de creyentes en Dios bajo la guía de Pedro el magistrado -este Pedro era un perfecto creyente en Jesucristo- y buscaron a la pagana que había encantado a la gente de la ciudad y al Prefecto. Y cuando supieron dónde estaba, fueron hasta ella y la encontraron sentada en una litera; tras bajarla, arrancaron sus ropas y la arrastraron por las calles de la ciudad hasta que murió. Y la llevaron a un lugar llamado Cinarión y quemaron su cuerpo. Y toda la gente rodeaba al patriarca Cirilo y le llamaba "el nuevo Teófilo" porque había destruido los últimos restos de idolatría en la ciudad".

El tiempo pasó, pero en 1600, doce siglos después de Hipatia, la Inquisición quemó en la hoguera al astrónomo Giordano Bruno, quien, además de tener creencias religiosas enfrentadas con las de la Iglesia Católica, había propuesto que en el universo hay infinidad de soles y de mundos como el nuestro, justamente lo que ha demostrado la ciencia actual.

Volviendo a la película, varias tramas se entremezclan. Yo encuentro tres principales: la trama astronómica, o sea, el viaje de exploración por el Universo que realiza Hipatia para resolver el enigma de las órbitas planetarias del que ya hemos hablado. La trama personal, su vida en relación con el entorno familiar y social: su padre, discípulos, esclavos, pretendientes rechazados... Y, por fin, la trama religiosa, la lucha de las tres religiones principales y las numerosas sectas y facciones cristianas de la época por sobrevivir y perpetuarse. Es aquí donde más polémicas han surgido. La persona interesada puede investigar en la historia religiosa de aquella y de otras épocas y decidir por sí misma. Internet, la nueva biblioteca de Alejandría, ayuda a hacerlo sin tener que saber copto o encerrarse en los archivos secretos del Vaticano. También se pueden leer los antiguos libros de papel, nuestros compañeros desde hace siglos, quizá a punto de extinguirse como se extinguieron las tablillas de barro o los petroglifos. Y, si tienen tiempo y curiosidad, no se limiten a Hipatia y a los cristianos. La humanidad ha tenido cientos de dioses (Thor, Baal, Yaveh, Wotan, Amón, Isis, Serapis, Apolo, Zeus, Tláloc, Huitzilopochtli, Achamán... la lista es muy larga) cada uno con sus rituales y sus religiones. Ha habido innumerables presos, torturados, asesinos y mártires, innumerables libros quemados en nombre de los dioses y las religiones.

Quisiera acabar con algo diferente. A mí me pasa, supongo que a muchos de los que se dedican a la investigación científica les pasa también, que siento impotencia, rabia, al ver cómo es el Universo (de grande, variado, extraño, emocionante, entendible, enigmático...) y que no seamos capaces de transmitir su realidad, y los sentimientos que despierta, a la gente. Los cuentos que leen los niños son las historias de siempre: las hadas, los ogros, los animales humanizados... Las películas que ven, las que vemos los adultos, las noticias de cada día, las novelas... son las mismas historias de siempre: los crímenes, los miedos, las pequeñas grandezas y miserias de la sociedad humana... Está bien, es nuestra sociedad, pero llevamos así miles de años, dándoles vueltas a esos miedos, apegados a esos mitos, a esas ideas absurdas, a esas religiones, que se han transmitido porque seguramente de algo servirían para la supervivencia de nuestros antepasados...

Pero me gustaría que alguien pudiera contar la otra historia. Lo que se siente al ver, flotando noche tras noche en el cielo, expandiéndose en silencio durante miles de años, la estructura delicadamente ordenada y simétrica de una nube de gas alrededor de una estrella al final de su vida; lo que uno siente al encontrar en cada fragmento minúsculo de la Galaxia miles de estrellas como el Sol, todas desconocidas, inmensamente lejanas, en regiones donde nunca hubo ni habrá seres humanos, brillando por miles de millones de años, desde mucho antes de que el hombre apareciera en la Tierra hasta mucho después de que desaparezca. Si no sentimos un escalofrío al mirar la imagen del "campo profundo" del Telescopio Espacial o la estructura geométrica de un virus o una diatomea, es porque se nos está negando la posibilidad de apreciar el Universo real, de maravillarnos con el verdadero misterio, y los científicos somos en parte responsables de ello.

En Ágora, Amenábar abre una pequeña puerta al Universo para transmitir algunos de esos sentimientos. Al mirar el cielo estrellado, y hacia atrás en el tiempo, se encontró con Hipatia y, al contar su historia, no pudo separar la pasión que esa mujer sentía por la filosofía y por los planetas de su vida y cruel muerte en aquel hormiguero convulso de la Alejandría del siglo V. Una de las grandes ideas que hay que transmitir a las siguientes generaciones, deliberada y claramente, es antigua y sencilla: "la Humanidad dejará de cometer atrocidades cuando deje de creer en cosas absurdas". Ágora les dará argumentos para discutir con los amigos si merece la pena transmitirla.

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  • Tráiler de <em>Ágora</em>Tráiler de ÁgoraCréditos: Mod Producciones / Himenóptero / Telecinco Cinema / Canal+ España / Cinebiss
    Más información: www.agoralapelicula.com

El autor

Antonio Mampaso es Doctor en Astrofísica por la Universidad de La Laguna e investigador del Instituto de Astrofísica de Canarias sobre el Medio Interestelar. Fue el asesor en Astronomía de la película Ágora.

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