Sin ciencia

Annia Domènech / 28-04-2005

Ciencia y pseudociencias: realidades y mitos
Colección Milenium, Equipo Sirius
Madrid 2004

La Tierra es vigilada día y noche por una escuadrilla de naves con forma de plato, indetectables para los seres humanos vulgares. Por suerte, algunas personas con poderes especiales han percibido vibraciones extrañas que las avisan de un ataque inminente, y han dado la alerta.

Afirman que no todos los seres vivos son vulnerables a eso desconocido nombrado, precisamente, “eso”. Depende de su horóscopo y otros factores, todos concernientes a las estrellas. Como era de esperar, las consultas a los astrólogos han aumentado significativamente. Estos cantamañanas, no en vano “cantan” lo que va a ocurrir mañana, nunca se dignan, paradójicamente, a informar sobre el tiempo de espera en la cola, por lo que parece su “ciencia” sólo puede aplicarse a asuntos de gran enjundia.

La terrible amenaza no parece inquietar demasiado a un sector de la población que, sin embargo, es capaz de defender ideas bien extrañas, como la de la existencia de universos paralelos o la de que el tiempo y el espacio no son absolutos. Son los científicos. Sus a veces sorprendentes hipótesis deben cumplir, en cualquier caso, una serie de condiciones. Estas constituyen un modo de conocimiento que difiere en función de la disciplina que lo aplica. Sus principales variaciones son el método inductivo, el deductivo y una combinación de ambos, que es el que se denomina habitualmente método científico.

El método inductivo no permite establecer un saber como cierto, sólo como probable. Es el que utiliza la botánica. Si una persona vive en una isla donde los conejos son blancos, tras ver centenares de ellos llegará a la conclusión de que cualquier animal de esta especie será de este color. Sin embargo, no puede examinar todos los ejemplares del mundo ni mucho menos los que todavía no han nacido. La deducción, en cambio, procede de lo general a lo particular, como en la lógica. Es contradictorio afirmar una premisa y negar las conclusiones que se deducen a partir de ella. Por ejemplo, si todos los seres vivos son mortales, en caso de que uno no lo fuera invalidaría la premisa.

Para explicar el método científico, mezcla del inductivo y el deductivo, imaginemos un problema estándar: la luz no funciona. Una posible causa es que se hayan fundido los plomos. Si es así, hemos verificado la afirmación. Si no lo es, la hemos falsado, y por tanto tenemos que buscar otra explicación. Dicho de otro modo, la observación revela preguntas. Para contestarlas se formulan hipótesis, de las cuales se derivan consecuencias que son contrastadas con la realidad. Si coinciden con ella, la hipótesis es verificada, pero sólo provisionalmente.

Las verdades en ciencia no lo son “para siempre jamás”, sino que tienen una fecha de caducidad incierta. La adquisición de nuevos conocimientos puede jubilarlas sin preaviso. Algunas teorías bien establecidas, como la de la relatividad restringida de Einstein, han aprobado todos los exámenes hasta el momento, por lo que se consideran un saber casi seguro, pero sólo casi. No hay ningún método que asegure la certeza imperecedera de una afirmación, aunque su resistencia a ser refutada por datos que la contradigan (falsación) le proporciona mayor valor científico. Toda teoría tiene que ser susceptible de ser falsada, bien por la experiencia o por sus contradicciones internas. Si no es así, no es ciencia.

Un fásmido es un insecto que se mimetiza perfectamente con el entorno. Su color, morfología y textura le permiten convertirse en la prolongación del vegetal sobre el que vive: rama, hoja, corteza... con lo que despista a los depredadores. Es su apuesta para sobrevivir. La pseudociencia, que significa literalmente “falsa ciencia”, adopta una estrategia parecida. Utiliza la terminología científica y algunas nociones inconexas para beneficiarse, sin merecerlo, del prestigio de la ciencia. Ni aplica el método de ésta ni somete sus postulados a los sistemas de revisión vigentes en la comunidad científica, sin embargo todo es “científicamente probado”.

Cualquier persona posee un conocimiento basado en su intuición, experiencia o creencia personal, lo que es aceptable. El problema aparece cuando éste se considera un saber irrefutable y se intenta transmitir como tal, con frecuencia con un beneficio económico para el embaucador de turno. Muchos científicos son escépticos respecto a pseudociencias como la astrología o parapsicología, e intentan combatirlas mediante la divulgación de sus contradicciones y falsedades.

Desde hace cuatro años se imparte en la Universidad de La Laguna (Tenerife) el curso “Ciencia y pseudociencias: realidades y mitos”, cuyos contenidos han sido reunidos en un libro del mismo nombre. Dividido en dos secciones, la primera pretende ambiciosamente resumir los grandes temas de la ciencia contemporánea, mientras que la segunda acomete el objetivo, más modesto, de intentar explicar qué es ciencia y qué no es ciencia, así como de advertir sobre los distintos engaños que se llevan a cabo en su nombre.

Aunque la calidad de los contenidos no es uniforme, quizás porque cada capítulo ha sido escrito por una persona distinta con más o menos acierto, en conjunto resulta una lectura interesante y esclarecedora que empieza con un inspirado prólogo de Manuel Toharia, uno de los pioneros del periodismo científico español, en el que analiza por qué creemos de un modo irracional en algunas cosas.

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El autor

Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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