Una estrella nova

Annia Domènech / 22-10-2004

El Sol, la Luna, cinco planetas y algunos miles de estrellas poblaban el cielo en los tiempos más antiguos, bajo la mirada limitada de gente que también conocía el camino de leche (Vía Láctea), la nebulosa de Orión e incluso algunos cúmulos estelares. De tanto en cuanto, un cometa cruzaba este escenario y, todavía con menor frecuencia, era una estrella la que aparecía en una región del cielo donde antaño no había nada. Tras superar en brillo a todas las demás, empalidecía unos meses antes de desaparecer.

En el Extremo Oriente se las llamó estrellas visitantes, ya que parecían invitarse ellas mismas en el cielo, igual que hacían los cometas. Se observaron en China, donde los registros detallados más antiguos datan del año 200 a.C.; y, alrededor del 800 d.C., empezaron las observaciones sistemáticas en Japón y en Corea. En esos territorios, los astrónomos, o mejor dicho astrólogos, vigilaban constantemente el cielo por si “caía” algún peligro imprevisto. Son conocidas las apariciones estelares de 1006, 1054 y 1181.

Parece que la que ganó en brillo fue la de 1006. La de 1054 resplandeció más que el planeta Venus, a pesar de estar situada a 7.000 años luz, y era visible de día, aunque no se han encontrado registros en Europa. Desapareció tras dos años. Su remanente es la Nebulosa del Cangrejo, situada en la constelación de Tauro. Hoy en día, esta nebulosa se expande a unos cinco millones de kilómetros por hora y emite radiación en todas las longitudes de onda, desde rayos gamma a rayos X, ultravioleta, óptico, infrarrojo y ondas de radio. El objeto de 1181, el menos espectacular, igualó en resplandor a la estrella Vega.

La vieja Europa medieval no estaba interesada en objetos temporales, cuya misma existencia se mostraba en desacuerdo con la creencia dominante en la esfera celeste perfecta e inmutable de Aristóteles. Sin embargo, el astrónomo danés Tycho Brahe observó en 1572 un objeto brillante que lleva su nombre y que, probablemente, contribuyó a modificar la imagen imperante del cielo, aunque él mismo creyera que podía tratarse de un signo divino.

Brahe contó lo que había visto en el pequeño tratado De Nova Stella (sobre la estrella nueva) que es el responsable de que dichos fenómenos astronómicos sean todavía denominados novas. Se trata de un nombre equívoco, puesto que no se trata de estrellas de nueva formación, sino de gigantescas explosiones estelares en las que se produce un aumento brusco y considerable de luminosidad. Durante unos días o varios meses, la estrella brilla de varios cientos a un millón de veces más, y después retorna a su estado habitual. Los restos de la nova de Tycho se encuentran en la constelación de Casiopea, a 16.000 años luz. Aunque son débiles en radiación óptica, irradian en longitudes de onda de radio.

La razón de que las novas parecieran surgir de repente en el cielo sorprendiendo a los astrónomos es que la estrella en condiciones normales era demasiado débil para ser vista sin instrumentos. Los años treinta del siglo pasado fueron una época en la que se llevó a cabo una búsqueda sistemática de novas invisibles al ojo desnudo en galaxias lejanas. Para designar la presencia de una estrella cuyo brillo aumentaba hasta el punto de rivalizar con el de la galaxia entera, se añadió el prefijo super. A partir de entonces, se distinguió entre nova y supernova. La mayoría de las que habían sido descubiertas eran, lógicamente puesto que son mucho más visibles, supernovas.

Las supernovas son uno de los acontecimientos más violentos que ocurren en el Universo. Juegan un papel importante en la evolución de las galaxias, ya que la estrella libera en el medio interestelar los elementos pesados sintetizados en su vida pasada o en el momento de la explosión, lo que contribuye a enriquecer químicamente el entorno. Por ejemplo, el carbono presente en las estructuras biológicas aquí en la Tierra se formó en estrellas que explotaron hace cinco mil millones de años. Asimismo, son la principal inyección de energía en el medio interestelar. Sus restos forman burbujas enormes de gas caliente en cuyas fronteras se forman nuevas estrellas, algunas de las cuales también explotarán como supernova.

En el mes de octubre de 1604, hace 400 años, el astrónomo alemán Johannes Kepler, autor de las tres leyes del movimiento planetario, observó una supernova en el cielo y apuntó sus variaciones de luminosidad. Faltaban todavía unos años para que se inventara el telescopio. Hubo que esperar hasta febrero de 1987 para que explotara otra supernova que fuera visible sin instrumentos. Ocurrió en la gran nube de Magallanes, una pequeña galaxia satélite de la Vía Láctea situada a 150.000 años luz. Sin embargo, no alcanzó la espectacularidad de las cinco históricas, todas ellas ubicadas en nuestra galaxia. Curiosamente, ninguna supernova ha sido observada en la Vía Láctea desde 1604, aunque posiblemente haya habido alguna y no se ha visto, quizás porque la absorción por el polvo interestelar las esconde.

Actualmente, los restos de la explosión de la supernova de Kepler se encuentran en la constelación del Ofiuco, a una distancia de unos 20.000 años luz. Después de cuatro siglos, la Astronomía intenta desentrañar sus secretos utilizando el Telescopio Espacial Spitzer, el Telescopio Espacial Hubble y el Observatorio en Rayos X Chandra. Gracias a esto, el remanente de la supernova puede ser “visto” en radiación infrarroja, rayos X y luz visible. La imagen combinada de estas tres longitudes de onda ya ha revelado una cobertura en forma de burbuja de gas y polvo que mide 14 años luz de ancho y se está expandiendo a 2.000 km/s. Los astrónomos aseguran que, cuando se finalice el estudio, podrán responderse muchas de las preguntas sobre este objeto enigmático.

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    Restos de la supernova de Kepler vistos en diferentes longitudes de onda

    Créditos: NASA, ESA, R. ...

El autor

Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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