Leyendo ciencia en... Ciencia para Nicolás

Annia Domènech / 19-12-2005

Carlos Chordá
Editorial Laetoli
Pamplona 2004

Nicolás es cualquier persona que tenga curiosidad por el conocimiento en sí mismo. No hace falta que sea científico, puesto que de despertar el interés del lector ya se encarga Carlos Chordá, el autor de Ciencia para Nicolás.

En este libro dirigido a un supuesto alumno, Chordá cuenta qué es eso llamado ciencia con una visión amplia e integradora, que abarca diversas facetas de la protagonista no sólo del libro, sino también de nuestra vida cotidiana, aunque en el día a día no seamos conscientes de ello. No se trata de una enciclopedia del saber científico sino más bien de un manual que incita a querer conocer más proveyendo los útiles necesarios.

Define cómo se llega a producir conocimiento en ciencia y enseña a discernir entre lo lo es y lo que no es ese conocimiento.

Como se lista en la contraportada, la ciencia estudia el movimiento de los astros, la estructura del átomo, el interior de la Tierra, el efecto de un tóxico, la causa de la lluvia, la evolución de la vida, la mente humana, la naturaleza de la luz, el parasitismo, la salud de los océanos, la química de la respiración, el desarrollo de los embriones, la temperatura y edad del Universo, la sexualidad, la biodiversidad, las combustiones, el color de la piel, la acidez, las emociones, el sida, el agujero de ozono, la fotosíntesis, la resistencia de los materiales, la vida extraterrestre, la radiactividad, las conductas antisociales, la fauna de la Antártica, la percepción visual, las adicciones, la corriente eléctrica y el vuelo de las libélulas.

No es fácil saber qué es esa ciencia que abarca todos estos objetos, y muchos otros. En palabras del investigador y divulgador Ruy Pérez Tamayo, reproducidas para beneficio de Nicolás y nuestro, se define como una actividad creativa cuyo objetivo es la comprensión de la naturaleza y cuyo producto es el conocimiento. Pero si nos fijamos, en nuestro entorno la palabra "ciencia" aparece por doquier, y en no pocas ocasiones de un modo injustificado. Resulta muy lucrativo asociar el rigor científico a una serie de productos y tratamientos que nunca aprobarían los controles que son de obligado cumplimiento en ciencia.

Para descubrir la impostura, nada mejor que conocer el método científico, que se puede compartimentar en observación, hipótesis, experimentación, análisis de resultados y propuesta de la ley consiguiente. En las ocasiones en que la experimentación no es posible, las variables se miden directamente en la naturaleza. Esto ocurre, por ejemplo, cuando se estudia el Universo, puesto que no cabe en un laboratorio. Además, nada es cierto porque lo haya dicho alguien: no existe el principio de autoridad. Cualquier teoría debe poder ser refutada. De este modo los trabajos de los grandes investigadores pueden ser corregidos o mejorados por sus sucesores, como por ejemplo cuando la mecánica de Einstein invalidó la de Newton.

La medición es el alma de la ciencia. Medir consiste en comparar una magnitud física con otra que se toma como patrón y que se llama unidad. Lo interesante es conocer cuántas veces la magnitud desconocida contiene a la unidad de medida. Pero hay que ponerse de acuerdo en las unidades utilizadas, ya que si no puede ocurrir lo mismo que a la sonda espacial Mars Climate Observer, que en vez de convertirse en un satélite artificial del planeta Marte se precipitó sobre él en 1998 porque entendió mal lo que tenía que hacer. El error fue debido al uso de sistemas de unidades distintos en la construcción de la nave y en su informática. Para evitar este tipo de malentendidos, y puesto que la ciencia es una, sería una buena idea que se generalizara el uso del Sistema Internacional de Unidades (SI).

De hecho, una de las secciones más útiles del libro es cuando explica con qué se miden diversas variables como la longitud, la masa, el tiempo, la temperatura, la superficie, la velocidad… Por suerte, para todas las magnitudes hay ejemplos que nos aportan datos curiosos, como la densidad de la Tierra o la velocidad a la que crece un pelo. Las unidades pueden ser lo más puñetero que existe, de hecho recordemos que siempre nos las olvidábamos al final de los problemas. Pero también dan satisfacciones, como que al acabar un cálculo desaparezcan todas hábilmente tachadas y quede únicamente la correcta. Esto es así porque las magnitudes, y por tanto sus unidades, están relacionadas en distintas fórmulas y resolverlas puede convertirse en un juego.

Incluso las matemáticas, tantas veces maldecidas, pueden ser lúdicas, además de ser el lenguaje más preciso que existe. Cuando se trata de palabras, más equívocas, hay que saber de qué se está hablando, puesto que algunas adoptan significados distintos según se utilicen en un contexto cotidiano, en el que por ejemplo existe el frío o el calor, o de investigación, donde no hay frío pero sí calor, definido como el intercambio de energía entre cuerpos o sistemas materiales. Por otro lado, el uso extendido del inglés induce errores de traducción, como cuando spatial probe se convierte en "prueba espacial", en lugar de en sonda espacial.

Ciencia para Nicolás da respuesta a muchas preguntas que puede plantearse un estudiante: ¿Cuál es la manera adecuada de plantear un problema? ¿Qué es la notación científica? ¿Y el número de Avogadro? Pero también es un libro imprescindible para cualquier persona que pretenda entender un entorno donde la ciencia y la tecnología están muy presentes. Las explica de una manera entretenida y cercana, poniendo de manifiesto errores debidos a su desconocimiento, como el titular de periódico que afirma que "la esperanza de vida en España es de un 75% en los hombres y de un 82% en las mujeres", literalmente que sólo el 25% de los hombres y el 18% de las mujeres acaban muriendo (lo correcto sería hablar de años, no de porcentajes).

Pero, ¿qué conocimientos científicos son necesarios para comprender el mundo? Nicolás recibe un listado de ellos, una vez ya tiene claro en qué consiste la ciencia y cómo se trabaja en ella. Este artículo no es más que una pequeña pincelada. Para un buen bosquejo tenemos que convertirnos en Nicolás y desarrollar una curiosidad inagotable, puesto que la ciencia no se acaba nunca. Nunca se acaba de pintar el cuadro.

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El autor

Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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