SETI: 50 años de silencio

Ángel Gómez Roldán / 16-04-2010

En el mes de abril de 1960, un joven astrónomo a punto de cumplir treinta años llamado Frank Drake, de la Universidad neoyorkina de Cornell, empezó a usar el radiotelescopio de 26 metros de diámetro de Green Bank, en West Virginia.

Su proyecto, que bautizó como Ozma (un guiño al famoso mago de la historia infantil de Frank Baum, luego llevada al cine), se dedicaba a observar dos estrellas cercanas parecidas al Sol: Tau Ceti y Épsilon Eridani. Su objetivo: tratar de detectar señales de radio procedentes de ellas que pudieran indicar la existencia de una civilización tecnológicamente avanzada. Era el comienzo más o menos oficial de lo que se vino a denominar SETI (Search for ExtraTerrestrial Intelligence, o Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre).

El primer intento de Drake no tuvo éxito. Tras él, muchas otras iniciativas con fines similares (detectar señales de radio de origen alienígena) se han llevado a cabo en el ya medio siglo transcurrido desde el Proyecto Ozma. Todas, sin excepción, con resultados igualmente negativos. Cincuenta años de silencio pueden parecer muchos. ¿O no? Hagamos un poco de historia.

En la década de los sesenta, Drake y otros astrónomos y científicos se plantearon diseñar una estrategia de búsqueda y organizaron en el observatorio de Green Bank una peculiar e informal reunión en noviembre de 1961, a la que asistieron astrónomos, físicos y biólogos, entre otros. El objetivo del encuentro era discutir la posibilidad de detectar vida inteligente fuera del planeta Tierra. El propio Drake preparó, a modo de herramienta organizativa para los puntos de la reunión, una ecuación que estimaba el número potencial de civilizaciones extraterrestres en nuestra galaxia con las que eventualmente podríamos tener contacto. Dicha fórmula habría de conocer un enorme éxito, sobre todo gracias a su uso y popularización posterior por Carl Sagan, a la sazón también uno de los asistentes a la reunión de Green Bank.

¿Qué dice la ecuación de Drake? La notación no puede ser más sencilla:
N = R* x fp x ne x fl x fi x fc x L.
En ella, N es el número de civilizaciones en la Vía Láctea con las que podríamos comunicarnos; R* es la tasa media de formación estelar por año en nuestra galaxia; fp la fracción de esas estrellas que poseen planetas; ne el número medio de esos planetas potencialmente habitables; fl la fracción de los anteriores que han desarrollado algún tipo de vida; fi los que han desarrollado vida inteligente; fc la fracción de civilizaciones que han desarrollado tecnología capaz de ser detectada fuera de su planeta, y por último L, la longevidad de dichas civilizaciones emitiendo señales al espacio exterior.

A excepción de los dos primeros términos (la tasa media de formación estelar por año en nuestra galaxia y la fracción de esas estrellas que poseen planetas), que hoy en día pueden ser determinados a grosso modo, el resto de las variables de la fórmula son crecientemente hipotéticas. Así, en función de las cifras que se quieran otorgar a los diferentes términos, el número de civilizaciones galácticas puede oscilar entre cero y varios millones. Drake, por ejemplo, se queda en “sólo” diez mil. Como es evidente, el quid de la cuestión de SETI radica precisamente en el valor (totalmente arbitrario) que se le quiera dar a N.

Y, no obstante, tras cincuenta años de escucha, el Universo sigue mudo. Por supuesto, es evidente que apenas hemos observado una fracción infinitesimal de las estrellas de la Galaxia durante periodos muy cortos de tiempo y en bandas espectrales muy concretas pero, aún así, la famosa Paradoja de Fermi (la aparente contradicción entre estas elevadas probabilidades de existencia de civilizaciones extraterrestres y la falta de evidencia de las mismas, formulada por el físico y Premio Nobel Enrico Fermi en 1950) sigue siendo igual de válida.

En lo que podríamos llamar con cierta licencia este meollo astrobiológico, se definirían cuatro escuelas de pensamiento fundamentales:

1) Somos (los humanos) la única civilización inteligente de la Galaxia y, probablemente, del Universo.

2) La vida a nivel elemental es común en el Cosmos, pero no así la inteligencia.

3) Existen civilizaciones inteligentes extraterrestres, pero son muy raras y se encuentran a muchos miles de años luz unas de otras.

4) Las civilizaciones son comunes en el Cosmos y contactar con ellas es sólo cuestión de tiempo.

“Cuestión de tiempo”: ésta es precisamente la respuesta que dio Frank Drake en una entrevista reciente, el pasado mes de febrero, a la pregunta de cuándo pensaba él que se produciría el esperado éxito en el programa SETI. El mencionado punto 4 es asumido por los partidarios de SETI y, en base a esta suposición (que, recordemos, es tan falsable o verificable como las otras tres), siguen llevándose a cabo programas de búsqueda.

Uno de los más ambiciosos y recientes es el desarrollado por el Instituto SETI y el Laboratorio de Radioastronomía de la Universidad de California, Berkeley, denominado Conjunto de Telescopios Allen (Allen Telescope Array, ATA), un complejo que tendrá 350 radiotelescopios de seis metros de diámetro funcionando en modo interferométrico. La primera fase, que consta de 42 antenas, se puso en marcha en octubre de 2007 en el Radioobservatorio de Hat Creek, en California, gracias a una generosa donación de Paul Allen, el cofundador de Microsoft (de ahí el nombre del proyecto). ATA se caracteriza porque es un observatorio astronómico convencional, donde se desarrolla ciencia puntera como la catalogación de núcleos activos de galaxias o la medición de los campos magnéticos en nuestra Vía Láctea, y, al mismo tiempo, gracias a él SETI podrá explorar un millón de estrellas. Un radiotelescopio como el de Arecibo puede hacer detecciones a distancias de hasta mil años luz de la Tierra y buscar entre los miles de millones de estrellas del centro de nuestra galaxia emisiones muy potentes con un posible origen artificial.

Pese al silencio de estos cincuenta años de SETI, continuamos escrutando el cielo en busca de respuestas. A pesar de incógnitas como la Paradoja de Fermi, los astrónomos involucrados en esta larga y difícil escucha persisten en su labor. Y a pesar de la ausencia de evidencia, como decía Sagan, aún no tenemos la evidencia de su ausencia. La búsqueda continúa.

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El autor

Ángel Gómez Roldán es Divulgador científico especializado en astronomía y ciencias del espacio, y director de la revista "AstronomíA".

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