Una lluvia que no moja

Annia Domènech / 15-11-2002

Tienes una cita este martes por la mañana a primerísima hora. No a ciegas, al contrario, hay que mantener los ojos bien abiertos, no sea que se te escape algún deseo con la estrella fugaz correspondiente. Llegan las Leónidas de este año. Algún estudioso ha asegurado que habrá mil, e incluso más, que podrás ver. Y, aunque no se cumpla lo que pidas, siempre puedes consolarte disfrutando de una lluvia de estrellas que, dicen por allí, no volverá a ser tan torrencial hasta el 2098.

Una estrella fugaz, también llamada meteoro, se produce cuando una partícula mineral colisiona con la atmósfera terrestre, dando como resultado una línea de luz. Para que este fenómeno llegue a ser lluvia, son necesarias muchas pequeñas partículas que en un momento dado intercepten la órbita de la Tierra. La mayoría de las veces proceden de un cometa, una bola de nieve sucia, que en la cercanía de nuestra estrella evapora hielo, desprendiendo gases y partículas de polvo, y forma una larga cola.

Los cometas habitan como núcleos cometarios en los confines del Sistema Solar, probablemente desde hace unos 4.500 millones de años. Eventualmente, son arrancados de allí por la fuerza de la gravedad. Algunos cometas se pierden para siempre; otros protagonizan un largo viaje alrededor del Sol.

El Tempel-Tuttle, el cometa padre de las Leónidas, es periódico: se aproxima a nuestro planeta cada treinta y tres años, el tiempo que tarda en girar alrededor del Sol. A su paso, libera partículas de polvo más bien pequeñas (< 1mm). Si se cruzan con la órbita de la Tierra, se desata una tormenta de enormes proporciones (hasta mil meteoros por minuto).

La cantidad de estrellas caídas del cielo no es constante. El máximo suele ser corto, de unos quince minutos. Además, depende de la edad del filamento (los más viejos sólo producen lluvias modestas, de menos de cincuenta meteoros por hora) y de si la Tierra cruza directamente las regiones centrales, más densas, o sólo las externas del filamento.

Como las tormentas de meteoros duran poco tiempo, los picos de actividad sólo se observan desde las regiones del planeta en las que la constelación de Leo (se llaman Leónidas porque parece que procedan de allí) esté en ese momento sobre el horizonte.
El día 19 de noviembre de 2002 dos filamentos de materia dejados por el cometa en ocasiones distintas (en 1767 y 1866) interaccionarán con la Tierra. Como resultado, las Leónidas se dejarán ver sobre todo en Europa y Norteamérica (con una separación de seis horas), hasta 5.000 meteoros por hora en Europa y algo más en Norteamérica.

Sin embargo, todos estos datos hay que tomárselos con calma. Que sea un máximo científicamente hablando no implica que a cada instante se vea una estrella fugaz en el cielo. Las Leónidas son traicioneras y más de un aficionado se ha ido a dormir tras horas de espera habiendo visto sólo unas pocas por no darse las condiciones de observación adecuadas.

Este año, el factor insidioso va a ser la Luna llena, que reducirá el número de meteoros que se pueden ver, aunque en principio no deslucirá las Leónidas más brillantes. Con un poco de suerte, el cielo no estará cubierto de nubes, no hará mal tiempo, la luminosidad ambiental no será demasiado alta...

A la una de la madrugada (tanto en Canarias como en la Península) empezará a aparecer la constelación de Leo por el horizonte Este, pero el máximo de actividad no se prevé hasta las cinco (hora peninsular), las cuatro en Canarias.

Con el objetivo de conocer el tamaño y la composición química de los meteoros, los investigadores del Instituto de Astrofísica de Canarias aprovecharán la alta actividad de las Leónidas para medir una importante propiedad de la luz (la "polarización") que es emitida por los meteoros cuando interaccionan con la atmósfera terrestre. Una onda de luz polarizada se caracteriza porque vibra preferentemente a lo largo de una dirección en un plano, como el que define una hoja de papel, mientras que una onda de luz no polarizada vibra en muchas direcciones. En condiciones normales, la luz no está polarizada, pero algunos procesos físicos son capaces de cambiar su estado. Uno de estos procesos se llama "dispersión" y se produce cuando la luz se encuentra con pequeñas partículas ó moléculas en su camino. Esto es justo lo que ocurre cuando los meteoros atraviesan la atmósfera: al desintegrarse, liberan pequeñas partículas de polvo que causan la dispersión de la luz y, por lo tanto, su polarización. Se espera confirmar, por primera vez, que las estrellas fugaces están formadas por minúsculas partículas de polvo, restos de la formación del Sistema Solar.

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El autor

Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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