¡Guau, qué señal!

José M. Abad Liñán / 14-11-2005

El afán por encontrar no sólo vida en estado primitivo, sino civilizaciones avanzadas fuera de la Tierra ha mantenido los ojos del ser humano bien abiertos al espacio desde hace décadas. Sin embargo, del mismo modo que sería difícil identificar un idioma que nunca hubiéramos escuchado antes, ¿cómo podríamos saber que una señal nos llega desde una inteligencia alienígena con la que probablemente la Humanidad no comparta nada? En 1977, un joven astrónomo de la Universidad de Columbus en Georgia (EEUU), Jerry Ehman, tuvo que enfrentarse a esta cuestión tras un inesperado acontecimiento que aún hoy supone uno de los mayores enigmas de la radioastronomía.

Ehman colaboraba con el programa SETI de búsqueda de vida extraterrestre en una radioantena de la Universidad del Estado de Ohio, llamada oportunamente Big Ear ("Gran Oreja" o "Gran Oído"). Cinco años antes, en 1972, la National Science Foundation de América había retirado todo apoyo financiero a la antena y desde entonces la actividad científica se mantenía gracias al trabajo de voluntarios como el propio Ehman.

Él y los miembros de su equipo habían conectado a Big Ear un ordenador que recogía los resultados de la escucha y los imprimía codificados en una impresora. Luego, los astrónomos examinaban cuidadosamente las largas listas de letras y números en busca de algo diferente al aburrido ruido de fondo del Universo.

Pero no había nadie junto a la impresora a las once y dieciséis minutos de la noche del 15 de agosto de 1977. En el papel continuo apareció el código alfanumérico 6EQUJ5, inédito hasta la fecha. Días después, mientras Ehman revisaba los listados como tantas otras veces, no pudo dar crédito a lo que veía. Cada una de aquellas cifras y letras, que hacían referencia a distintas frecuencias del espectro electromagnético, daba cuenta de una señal treinta veces más intensa que el ruido de fondo.

Dicho de otro modo, Big Ear había recibido algo así como un grito inesperado que retumbaba sobre el monótono cuchicheo de las estrellas. Y Ehman no pudo por menos que anotar en rojo Wow! ("¡Guau!") al lado del código. Así se bautizó la señal de radio más intensa que se haya registrado nunca en la historia de la búsqueda de civilizaciones extraterrestres.

Pero, además de su intensidad, ¿qué tenía de especial aquella señal de 72 segundos de duración para creerla sospechosa de inteligencia? Jerry Ehman destaca que sólo se detectó en muy determinadas frecuencias del espectro, a diferencia de objetos celestes como las galaxias, que emiten radiación en prácticamente todas. Una emisión humana, como una conversación de móvil, utiliza sólo un estrecho segmento del espectro para transmitirse. Así que, por esa concreción de la señal, Ehman sospechó que la emisión de Wow podría ser deliberada y por tanto inteligente.

Big Ear rastreó durante días y meses la región del espacio de la que parecía proceder, la zona oeste de la constelación de Sagitario. Pero Wow no volvía a dejar rastro. Fascinado por el posible descubrimiento, aunque no por ello menos cauto, Ehman se planteó descartar todas las explicaciones terrenales antes de aventurar un origen alienígena. Si no podía saber de dónde había venido Wow, al menos intentaría averiguar de dónde no.

Consultó un libro de efemérides astronómicas, donde aparecen registradas las posiciones de diversos cuerpos celestes a lo largo de un año. Pero aquella noche de agosto ningún planeta había pasado cerca del origen de la señal. Y, en cualquier caso, la posibilidad de que Wow procediese de un planeta había sido descartada porque, de manera parecida a las galaxias, la señal de radio que emiten los planetas se observa en casi toda la banda de radio.

La emisión de radio de los planetas y las galaxias se debe al calor que irradian; un calor, y por tanto unas emisiones de radio, que también desprenden los asteroides, aunque por su tamaño lo hagan en mucha menor medida. Sea como fuera, aquella noche de agosto tampoco ningún asteroide pasó cerca del misterioso origen de Wow. Fenómenos físicos más complejos, como la influencia de una lente gravitatoria o el centelleo interestelar, quedaron también excluidos como hipótesis fiables.

Sin ir tan lejos, Ehman se preguntó si Wow podría proceder de un dispositivo humano, como un satélite artificial. Sin embargo, también esto parecía imposible: la banda de 1.420 megahercios en la que se emitió la señal está vedada a las trasmisiones terrestres, al igual que a los aviones y a los cohetes y transbordadores espaciales. Además, una de las características de Wow es que parecía venir de un punto muy concreto en la esfera celeste, tan pequeño y lejano que no se apreciaba ningún movimiento respecto de las estrellas más lejanas, el fondo del cielo. Un origen que desde la Tierra veríamos fijo en el firmamento, a diferencia de las rápidas aeronaves humanas.

Ehman contempló incluso la posibilidad de que la señal Wow hubiera surgido de la Tierra y hubiera llegado a Big Ear después de rebotar en un trozo metálico de la basura espacial que orbita alrededor del planeta. Eso sí, habría sido mucha casualidad. Debería haberse emitido en la frecuencia prohibida de los 1.420 megahercios, y además el trozo tendría que estar casi fijo con respecto al fondo estelar y no girar sobre sí. Es decir, una carambola prácticamente imposible en medio de la anarquía del basurero espacial. Y a pesar de todo ese prácticamente basta para que todavía hoy Jerry Ehman le conceda a esta hipótesis los mayores visos de veracidad.

El misterio en torno a Wow, uno de los trece más destacados de la ciencia actual según la revista New Scientist, sigue suponiendo un estupendo caldo de cultivo para todo género de explicaciones más o menos rigurosas. Ehman las recibe y las contesta a diario en su página web, pero asegura que ninguna de ellas se ha acercado más al origen de la señal que las que este radioastrónomo ha propuesto en sus estudios.

Preguntado sobre qué cambiaría hoy para que Wow no se le escapase y siempre irónico (no olvidemos que la señal fue captada gracias a colaboraciones altruistas), Jerry Ehman responde también con cierta flema: "Suponiendo que tuviéramos el dinero, podríamos haber adquirido o construido un equipamiento más especializado que nos habría ayudado a analizar la señal con mucho mayor detalle".

¿Volveremos alguna vez a recibir una señal así? Es difícil saberlo. En todo caso, Big Ear ya no estará a la escucha: la antena fue desmontada a principios de 1998 y su terreno lo han ocupado un campo de golf de 18 hoyos y 400 casas particulares. Pero hoy día, casi treinta años después, del pequeño equipo de voluntarios como Jerry Ehman se ha pasado a contar con los cientos de miles de colaboradores en el proyecto SETI, que estarán al acecho para, esta vez sí, despojar a Wow de su misterio.

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José M. Abad Liñán es Licenciado en Periodismo. Actualmente es responsable de comunicación del Año Polar Internacional en España y colaborador del suplemento "Futuro" de El País.

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