Las gentes del mar abierto

César Esteban / 14-02-2007

En 1521, cuando Fernando de Magallanes y sus tres naves cruzaron el gran océano que bautizaron como Pacífico, la miríada de islas que contenía ya estaban, en su mayoría, habitadas.

Los primeros pobladores de Oceanía llegaron procedentes de las islas del sureste asiático. En oleadas sucesivas de grandes barcos a vela, colonizaron todos los archipiélagos de Micronesia y Polinesia desde el 3.000 a.C. hasta el 1.000 d.C. Estas gentes desarrollaron unos sistemas de navegación y unas técnicas de construcción de canoas sorprendentes, lo que les permitió mantener contactos entre islas separadas cientos e incluso miles de kilómetros.

A la llegada de los europeos, los antiguos métodos de navegación cayeron en el olvido excepto en unos pocos rincones del Pacífico, en los cuales la tradición se ha mantenido viva hasta nuestros días. Por ejemplo, en los atolones de la zona central de las Islas Carolinas (Micronesia), cuyos habitantes se autodenominan los rei metau: "las gentes del mar abierto". Ello evidencia su íntima relación con el océano, al que no consideran un obstáculo sino un nexo de comunicación entre los pequeños "mundos-isla" del archipiélago.

Como indicadores de rumbo, los navegantes carolinos se fijan en la posición de las estrellas a baja altura sobre el horizonte, aquellas que acaban de salir o están prontas a ponerse: las denominadas estrellas de horizonte o guía. Las Islas Carolinas están muy cerca del ecuador, por lo que las trayectorias diurnas de las estrellas sobre la bóveda celeste son casi perpendiculares al horizonte, y la dirección a la que apuntan se mantiene prácticamente constante a lo largo de varias horas. Según la latitud y la posición relativa entre las islas "origen" y "destino" del viaje, pueden ser necesarias entre 5 y 10 estrellas durante la noche. Es el rumbo estelar, definido por una estrella o asterismo particular de referencia.

Para definir direcciones de navegación entre islas, los navegantes carolinos usan la brújula estelar o sidérea. Suele constar de 32 puntos, definidos por los lugares del horizonte donde se produce el orto y el ocaso de 15 estrellas o asterismos. Por ejemplo, las Pléyades, el Cinturón de Orión, la Cruz del Sur, la Osa Mayor; o estrellas brillantes como Vega, Altair y Aldebarán, entre otras. Estos 32 puntos cubren los 360 grados del horizonte, aunque no están equiespaciados.

Cuando los habitantes del pequeño atolón de Puluwat quieren ir al gran conjunto de islas llamado Chuuk, saben que se sitúan al este, "bajo el Gran Pájaro", es decir, en la dirección del orto de la estrella Altair (Alfa Águila). En el pasado, en Polinesia también se utilizaron brújulas estelares parecidas, como la descrita por el oficial español Andía y Varela, que participó en 1774 en una expedición a Tahití organizada por el virrey del Perú, Don Manuel Amat.

Los navegantes gozan del estatus más elevado en los atolones. A lo largo de un dilatado periodo de aprendizaje en las "casas de canoas", memorizan el rumbo estelar entre cada par de islas con las que tiene relación su comunidad, así como toda la información recopilada sobre vientos y corrientes por generaciones de carolinos. No son sólo capaces de seguir el rumbo apuntando su proa hacia la estrella guía sino que, cuando ésta no es visible por la presencia de nubes, utilizan cualquier otra estrella visible de la bóveda celeste manteniéndola continuamente a popa o fija respecto a un elemento de la canoa. Ello demuestra que el navegante posee un conocimiento completo del firmamento en cada momento.

La presencia de fuertes corrientes puede producir una deriva en el rumbo de navegación imposible de detectar en alta mar. Para calibrar su intensidad y dirección, el navegante realiza observaciones zarpando de día: comprueba cómo se desvía la canoa del rumbo original y cuantifica su desplazamiento respecto a elementos topográficos o jalones de la isla de partida (por ejemplo, las antiguas "piedras de navegación" de Kiribati o Tonga). Con el fin de corregir el efecto de deriva, si es necesario orientará la proa de su canoa hacia una estrella diferente a la que definía originalmente la dirección de la isla de destino.

En el hemisferio norte, la latitud a la que se encuentra la canoa suele medirse por la altura de la Estrella Polar, para lo cual se sirven de la palma de la mano o del ey-ass (un utensilio para recolectar el fruto del árbol del pan).

Hay indicios del uso de estrellas cenitales con el fin de determinar si se ha alcanzado la latitud de una isla. Estas estrellas son las que pasan precisamente por la vertical del lugar de destino. Por ejemplo, los navegantes de Tikopia(en el archipiélago de Santa Cruz) saben que cuando la estrella Manu (Rigel, Beta Orión) está justo encima, en la punta del mástil, se encuentran cerca de su isla.

Los navegantes carolinos también usan otros indicadores de rumbo secundarios. Por ejemplo, al amanecer y al atardecer se guían por el Sol, pero como su posición varía a lo largo del año, antes de zarpar comprueban la dirección a la que apunta su orto y ocaso con respecto a las estrellas mediante observaciones. Asímismo, la brújula magnética es utilizada durante el día, así como cuando hay nubes, pero también se calibra con la posición de las estrellas.

Una técnica sutil para fijar el rumbo se basa en estimar la dirección de movimiento del mar de fondo: olas de pequeña amplitud y baja frecuencia que suelen tener una dirección constante en determinados lugares y momentos del año. Esta técnica requiere más sensibilidad táctil que visión. Cuenta David Lewis en su extraordinario libro "We the Navigators. The Ancient Art of Landfinding in the Pacific" que Tevake, un viejo navegante de Tikopia, se retiraba a la cabaña de la canoa para sentir los movimientos de la nave y evitar distracciones. Algunas fuentes indican que son los testículos el órgano más sensible para distinguir la dirección del mar de fondo.

Hablando de rumbo, el error que un navegante puede permitirse depende de la longitud del viaje, pero también de la distancia desde la que puede detectar la isla de destino. Un isla baja como un atolón puede divisarse desde 15 ó 20 km de la costa, rango que se amplía si es montañosa. Sin embargo, ciertos indicios permiten aumentar los km a los que se puede detectar tierra. Uno de los más comunes es la concentración de nubes sobre las masas de tierra, y que éstas adquieran formas peculiares. Otro es encontrar pájaros, pues algunos se alimentan de peces de alta mar y descansan diariamente en tierra. Por ejemplo, los charranes pueden adentrarse hasta 40 ó 50 km en el océano, y los alcatraces incluso a mayores distancias. Cuando el navegante ve alguno de estos pájaros sabe que la costa está cercana. Al amanecer salen de tierra hacia alta mar para alimentarse, y a la puesta del Sol regresan: según la dirección hacia la que vuelan en esos momentos del día se sabe hacia dónde enfilar la canoa.

Desde hace treinta años, la navegación tradicional ha experimentado un renacimiento en Polinesia, especialmente en Hawai’i, donde se han construido grandes canoas con métodos ancestrales, como la famosa Hokule’a ("Estrella de la Alegría", nombre hawaiano de la estrella Arturo). Las técnicas de navegación se aprenden directamente de los navegantes carolinos, y ya se han llevado a cabo viajes oceánicos de miles de kilómetros, uniendo Hawai’i con Tahití, Samoa, Nueva Zelanda o las Islas Cook.

Actualmente, el uso de la navegación tradicional es un elemento de reafirmación de la cultura polinesia y de confraternización entre los distintos archipiélagos del Pacífico: una relación que existía hace muchos siglos, cuando las infalibles estrellas guiaban a los navegantes a través del gran océano.

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El autor

César Esteban es Doctor en Astrofísica, Profesor Titular del Departamento de Astrofísica de la Universidad de La Laguna e investigador adscrito al Instituto de Astrofísica de Canarias.

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