Qué fue primero: el huevo, la gallina o la comunicación entre científicos

Ramón García López / 13-11-2003

La ciencia es siempre un “suma y sigue”. Seguro que ni Einstein hubiera formulado su Teoría de la Relatividad de no haber sido por el conocimiento previo existente. Si los científicos no se comunicaran entre ellos, el mundo no giraría; mejor dicho, no sabríamos que gira.

Durante mucho tiempo, los científicos se han “hablado” por carta; de hecho, algunas de ellas son joyas que ayudan a entender la historia de la ciencia y la sociedad, como las intercambiadas entre los científicos Böhr y Heisenberg antes y durante la segunda guerra mundial. El correo electrónico ha tomado hoy el relevo y, por su inmediatez, hace posible una transmisión rápida de ideas, documentos y datos. Pero por bien que se explique una teoría por escrito, es difícil que pueda suplir un intercambio directo de información. Los científicos discuten sobre su trabajo en los congresos y reuniones organizados a tal efecto, donde se presentan los últimos resultados en la investigación que, en buena medida, sirven para preparar o replantear el trabajo futuro. Sin embargo, lamentablemente las actas de estos encuentros suelen tardar alrededor de un año en ser publicadas y pierden el valor añadido de la inmediatez.

Además de los congresos, los investigadores recurren mayormente a las publicaciones científicas para dar a conocer sus resultados y aprender los de otros. Las hay de distintos tipos: revistas y libros, publicaciones especializadas y multidisciplinares, propias e institucionales, nacionales e internacionales, etc. Aunque pueda sorprender, el investigador (o el centro al que pertenece) paga porque le dejen publicar, lo que en muchos casos supone un gasto importante de su presupuesto. Y no sólo eso, sino que a veces ni pagando se lo permiten.

No en todas las revistas, por supuesto. Sólo las de prestigio reconocido someten los textos a procesos de revisión o arbitraje; esto es, un colega del autor debe dar su visto bueno previo a la publicación, lo que fomenta que la ciencia sea una empresa crítica. El proceso no es jerárquico pues la revisión es llevada a cabo por iguales, los científicos son a veces los revisores y a veces los revisados (como el caso de los conductores, que una vez se apean del coche pasan a ser peatones y viceversa). El árbitro, que no cobra por ello, es un especialista en el tema tratado cuya opinión es solicitada por el editor de la revista. Habitualmente es anónimo, aunque es algo opcional, para protegerlo en teoría de un autor con peso en la comunidad. Incluso en algunas disciplinas se sigue un procedimiento de revisión en el que los autores y los árbitros se “ignoran” vis a vis.

El arbitraje garantiza la calidad de una publicación al permitir rechazar los trabajos mediocres o exigir la mejora del contenido de un artículo. Sin embargo, no está libre de abusos, como la imposición de ideas propias por parte del revisor, los retrasos (deliberados o no) en los informes, y otros. Por ello, los editores deben supervisar todo el proceso; teniendo en cuenta además que esta práctica se utiliza también para etiquetar a un investigador en función de su productividad y el impacto de su trabajo, que se mide también por el número de veces que son citados sus artículos en revistas de prestigio dentro de su campo de investigación. Sin embargo, el valor de este sistema es cuestionable. Las citas dependen, entre otros factores, de cuántos autores publiquen en un ámbito determinado o de si existen acuerdos entre ellos. De hecho, hay un debate abierto sobre este tema pues incide directamente en la consideración de los méritos personales para optar a un puesto de trabajo, conseguir financiación para un proyecto, etc.

En nuestros días, Internet es una vía de publicación rápida y mucho más barata de los resultados. Es la llamada distribución horizontal de la información. Sin embargo, el rigor de los contenidos en la red con frecuencia deja mucho que desear. De ahí que las publicaciones electrónicas serias mantengan el sistema de arbitraje, pero en este medio abundan las listas de distribución de resultados que aún no han sido revisados. Si bien ésta puede ser en cierta medida una válvula de escape frente a la lentitud del procedimiento de las publicaciones estándar y sus posibles abusos, hay que tener cuidado para que no se convierta en una vía de difundir resultados no suficientemente contrastados. No debe cambiarse inmediatez y facilidad por calidad.

Precisamente, a través de la red los investigadores reciben información a un ritmo que resulta difícil de asimilar de forma rigurosa. Cómo organizarla es uno de los retos más importantes con los que se enfrentan. Además, la profusión de ilustraciones, simulaciones y similares distrae muchas veces su atención del fondo del trabajo.

Para terminar, ¿deben los investigadores recurrir a la prensa para comunicarse entre sí? Sin duda, la publicación de un resultado novedoso en los medios de comunicación es rápida, tiene un gran impacto en la sociedad y permite reivindicar públicamente la propiedad del descubrimiento. Pese a ello, la dinámica habitual de los medios de comunicación de masas no garantiza que se mantenga el rigor científico. Un caso conocido es el anuncio de la “fusión fría” que hicieron Pons y Fleischmann a través de la prensa en 1989, en el que no hubo ninguna verificación del experimento antes de la publicación y poco tiempo después se vio que se trataba de un resultado falso. ¡Nos quedamos con las ganas de producir electricidad casi gratis en nuestras casas!

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El autor

Ramón García López es Doctor en Ciencias Físicas, profesor del Departamento de Astrofísica de la Universidad de La Laguna y Coordinador del Área de Instrumentación del Instituto de Astrofísica de Canarias.

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