Una ambición planetaria

Annia Domènech / 13-09-2002

A esa hora tardía ya no quedaban visitantes. Los módulos permanecían en reposo, sin nadie apretando sus botones, tirando de sus palancas o girando sus manivelas. En un espacio destacado del Museo de la Ciencia, se encontraba un pequeño universo a escala. Era copia del Gran Universo - del que se piensa que se está expandiendo -con alguna licencia de tamaño y distancia ya que, si no, difícilmente hubiese podido ser expuesto en la sala. El Sol era un balón. Siendo rigurosos, la Tierra hubiera tenido que ser una canica a 30 metros; Plutón, un balín a un kilómetro; y Júpiter, una pelotita entre ambos. Pero el rigor necesitaba espacio, así que todo el Sistema Solar ocupaba unos pocos metros cuadrados: Júpiter era parecido al Sol; y la Tierra y el resto de planetas sólo un poco más pequeños.

La equiparación errónea de dimensiones había convertido a Júpiter en un competidor feroz del Sol por la supremacía en un sistema que, de otro modo, hubiera sido obviamente solar. Al planeta gigante por definición siempre le incomodaba que los comentarios de los visitantes fueran tan heliocéntricos. Ese día, sin embargo, tenía el ceño particularmente fruncido porque había oído como un joven estudiante de Astrofísica afirmaba, para todo aquel que deseara escucharle, que los planetas, él incluido, eran un subproducto de la formación del Sol, es decir, vulgares restos. Según el incómodo visitante, parte del gas presente en el Universo se había apelmazado constituyendo primero el Sol. Después, el campo gravitatorio que generaba la gran masa de la estrella había retenido la materia sobrante en movimiento a su alrededor, la cual, por enganche provocado por distintas fuerzas, había dado lugar a los nueve planetas que todavía continuaban andando alrededor del astro. Una realidad, añadía inmisericorde el estudiante, que durante largo tiempo fue escondida por la creencia errónea, fomentada por la Iglesia Católica, de que la Tierra era el centro del Universo.

Júpiter, indignado, no cabía en su asombro de que los hombres, no contentos con defender que él mismo rotaba alrededor del Sol como si no tuviera nada mejor que hacer, habían incluso pretendido que su planeta diminuto y azulado era el núcleo de todo lo conocido.

Decidió contrastar la información recibida con la realidad que vivía cada día, puesto que la atmósfera científica que se respiraba le había contagiado la necesidad de justificar con observaciones cualquier hipótesis. Recordó que los planetas, los satélites e incluso el mismo Sol sólo giraban sobre sí mismos, y esto cuando algún visitante menos pasivo de lo habitual los impulsaba con la mano. Nada de órbitas circulares alrededor de nadie; por lo demás, permanecían estáticos. El presupuesto del museo, bastante limitado como corresponde a un centro divulgativo de ciencia sin mentalidad de parque temático, no había dado para un sistema solar con un movimiento fidedigno al original ni importándolo de un país subdesarrollado.

Acorde con los datos de que disponía, Júpiter concluyó que la teoría propuesta por el estudiante era errónea. Su inmovilidad le impedía analizar los hechos con más de una perspectiva - estaba limitado a la información que llegaba hasta él- y tampoco podía corroborar con experimentos sus observaciones.

En la sala de conferencias, justo al lado de donde Júpiter continuaba divagando, estaba reunido un grupo de astrofísicos, especialistas en el elevado margen de error que introduce en una teoría la falta de datos diversos y la imposibilidad de falsearla o validarla mediante ensayos. Estos pobres científicos, como no pueden alterar el cielo a su libre albedrío, están obligados a esperar a que ocurran varios fenómenos de similares características para hilvanar, poco a poco, una explicación de sus fundamentos. En ese momento, discutían sobre la deglución de un planeta por una estrella. La composición química de los objetos celestes ha permitido obtener gran parte de los conocimientos que actualmente se poseen del Universo. Los defensores de que la estrella había efectivamente incorporado un planeta se basaban en que éste había aportado un elemento químico a la superficie estelar cuya presencia era de otro modo inexplicable. Los detractores les rebatían argumentando que dicho elemento podría haber permanecido en la estrella desde su formación de haberse dado unas condiciones determinadas. Por desgracia, no era posible inducir artificialmente un suceso parecido para cotejar resultados... pero buscaban ejemplos: si Júpiter se fusionara con el Sol, decían, el aumento del contenido en metales de éste se podría llegar a medir.

Mientras tanto, Júpiter continuaba cavilando sobre lo injusto de su situación y un propósito se abría paso en su pensamiento: si él usurpaba el sitio del Sol, todos los cuerpos darían vueltas a su alrededor y su liderazgo sería completo; de todos modos, él ya se consideraba con derecho a ciertos privilegios entre los planetas. La tarea era ardua. Como ocupaba la quinta posición a partir del Sol -tras Mercurio, Venus, la Tierra y Marte- debía escalar unos cuantos puestos hasta llegar a su objetivo.

El pobre ignoraba que entre los planetas que rodean a una estrella existen interacciones gravitatorias que determinan que estos permanezcan en sus emplazamientos respectivos. No era su caso, desde luego, él estaba simplemente colocado en un eje de plástico que, además de permitir su giro, también admitía el cambio de posición entre planetas. Si hubiera sabido, el inocente, que su mayor anhelo podía ser satisfecho con un pequeño gesto de cualquier persona... pero todas sabían ya que los planetas dan vueltas alrededor del Sol. Por muchos esfuerzos que hacía, no conseguía avanzar un ápice y terminó por dejarlo correr, lleno de una frustración alimentada por las miradas de sorna de sus vecinos.

Finalmente, la conferencia y el debate posterior acabaron. Hasta la mañana siguiente no se reanudarían las actividades del congreso sobre planetas que se celebraba esa semana. Algunos participantes ya se habían marchado hacía un rato, esa noche había cena y fiesta congresista, y sólo quedaban los incondicionales del tema cuestionándose y respondiéndose entre ellos, mientras avanzaban lentamente hacia la salida. Al pasar junto a la maqueta del Sistema Solar, se detuvieron y empezaron a jugar con los planetas ilustrando cómo se podría precipitar un planeta hacia una estrella. En eso estaban cuando el más bromista sustituyó el Sol por el pequeño Plutón y lo dejó así para confusión de los próximos visitantes, o ignorancia, ya que, según dijo, nadie se iba a dar cuenta. Y, efectivamente, Júpiter estuvo fuera de sí y rebosando despecho durante mucho tiempo en el nuevo Sistema Plutonar, todo el congreso y un par de semanas más, hasta que el chico de la limpieza osó ordenar los planetas como le habían enseñado en la escuela y había visto hasta hacía poco. No iba a dejar que un congreso cualquiera cambiara el orden del Universo...

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El autor

Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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