Un Sol, ocho planetas

Javier Licandro / 11-09-2006

¿Qué vería un astrónomo de un planeta (en órbita alrededor de una estrella cercana) con un gran telescopio apuntando hacia el Sol?

Vería una estrella y cuatro objetos relativamente pequeños (de unos pocos miles de km de diámetro) girando a su alrededor en un entorno relativamente vacío; una especie de anillo formado por miles de cuerpos (de entre unos pocos y 900 km); y cuatro enormes planetas gaseosos (de 50.000 a 140.000 km). Y, todavía más alejados de la estrella, cientos de miles de objetos (de unos cuantos hasta 2.000 o 3.000 km). Inmediatamente este astrónomo identificaría ocho objetos claramente diferenciados, y otros miles más pequeños.

¿Qué concepto intuitivo tenemos de lo que es un planeta? Cualquiera diría que es un cuerpo enorme, frío y que gira alrededor de una estrella. ¿Qué diría cualquier persona de "un planeta" cuyo diámetro es de apenas 500 km, es decir, que cabe perfectamente en la Península Ibérica? Seguramente se reiría.

A este tipo de preguntas se enfrentaron los astrónomos en la última reunión de la IAU (Unión Astronómica Internacional) en Praga. El reciente descubrimiento de varios objetos de tamaño similar, e incluso mayor, que el de Plutón en el cinturón transneptuniano generó una gran presión para definir su estatus. Era necesario resolver el viejo problema de qué es un planeta, como mínimo para nuestro Sistema Solar.

Había la opción de hacer una definición simple, basada únicamente en un criterio (por ejemplo, la masa), similar a la utilizada para una estrella, que es todo cuerpo celeste con masa suficiente para que se produzca cualquier tipo de fusión nuclear en su interior. Siguiendo la misma filosofía, un planeta sería todo cuerpo celeste con masa suficiente para que se redondee (es decir, que alcance el equilibrio hidrostático), pero no para "llegar" a estrella. De este modo, la Luna, varios satélites de los planetas gigantes, los asteroides mayores y todos los objetos transneptunianos (TNO) de más de 400 km diámetro (incluyendo Caronte, el satélite de Plutón) serían planetas.

Pero esto supondría un cambio demasiado radical en la concepción tradicional del Sistema Solar. Por ello se impusieron algunas restricciones. Para ser un planeta, el objeto debe orbitar una estrella; pero si también gira en torno a otro planeta, entonces se trata de un satélite. Ambas condiciones estaban en la propuesta original presentada a la Asamblea General de la IAU.

Una estrella siempre es una estrella, independientemente de si está sola, orbitando a otra estrella, en un sistema múltiple o en un cúmulo. Un planeta así definido, no. Por lo que no son definiciones equivalentes como se pretendía. En cualquier caso, serían planetas los grandes objetos de la región transneptuniana, Caronte y asteroides como Ceres (cuyo diámetro cabe en la Península Ibérica). Nuestra Luna se salvaba por los pelos.

Sin embargo, continuaba modificándose la percepción histórica e intuitiva de lo que es un planeta, por lo que se decidió agregar una condición más: un planeta debe haber limpiado dinámicamente de objetos la región en la que se mueve. Esta condición, expresada en términos dinámicos, es únicamente un criterio más restrictivo relacionado con la masa del objeto (y que posee un gran sentido cosmogónico).

En las primeras etapas de la formación del Sistema Solar, la agregación del gas y polvo en el disco protoplanetario generó millones de pequeños cuerpos (de hasta 1.000 ó 2.000 km de diámetro): los planetesimales, cuya agregación dio lugar a los planetas. Existen restos fósiles de este proceso: planetesimales residuales que no fueron agregados, ni dispersados por los mismos planetas hasta los confines del Sistema Solar. Su evolución dinámica, dominada por los planetas (en particular los planetas gigantes) y las colisiones mutuas, ha dado paso a la población actual de asteroides, los TNO y otros cuerpos menores relacionados, como los cometas y los Centauros.

Es evidente que los ocho planetas están en un escalón evolutivo superior respecto a los planetesimales. Hay que aclarar que la limpieza de una región no significa que no quede nada. Existen zonas dinámicamente protegidas, como los puntos Lagrangianos L4 y L5 de la órbita de Júpiter donde se encuentran los asteroides Troyanos; y objetos como los asteroides próximos a la Tierra cuyas órbitas inestables cruzan la terrestre (aunque sólo unos pocos cientos o miles de años antes de ser dispersados). En ambos casos es evidente que tanto la Tierra como Júpiter "han limpiado" su entorno y lo controlan gravitatoriamente. No existe una población de objetos de tamaño comparable al suyo.

Finalmente, se crea una nueva categoría de objetos: los "planetas enanos", que cumplen las dos primeras condiciones para ser planetas, pero no la última. Es el caso de Plutón, Ceres y el TNO 2003 UB313. Muchos otros engrosarán pronto esta lista, como los TNO de más de 500 km de diámetro. No son planetas, pero como planetesimales residuales poseen un gran valor científico.

Al final, se ha conseguido una definición de planeta aplicable al Sistema Solar con un claro contenido físico, pero que a la vez mantiene la idea clásica. Además, es extrapolable a los planetas que orbitan otras estrellas, aunque en el caso de los exoplanetas queda una pregunta sin contestar: ¿son planetas los objetos de masa planetaria que no orbitan estrella alguna, los llamados "planetas flotantes libres"?

La IAU ha resuelto el problema de qué es un planeta razonablemente bien. Se trata sólo de una definición, no de un avance científico. Pero refleja una nueva realidad producto del enorme avance en el conocimiento del Sistema Solar, una revolución que, lejos de haber "degradado" a nadie, ha agrandado los límites de nuestro sistema planetario.

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El autor

Javier Licandro Licenciado en Física por la Facultad de Ciencias de la UdelaR (Uruguay) y Doctor en Astrofísica por la Universidad de la Laguna. Actualmente es investigador con un contrato Ramón y Cajal en el Instituto de Astrofísica de Canarias.

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