Desde dentro hacia fuera

Annia Domènech / 11-05-2005

En los límites, no está claro lo que es y lo que no es. Aunque reconocible, puesto que nos rodea y estamos habituados a ella, a veces se esconde en los sitios más inverosímiles y otras hace amago de aparecer cuando no está. Es la VIDA.

Ha habido muchos intentos de encuadrarla en un marco de reglas que permita determinar con certeza cuando algo está “vivo”. La pregunta es cuáles son. En la Tierra todos los seres vivos necesitan agua y una química del carbono. Están aislados del entorno, pero se relacionan con él para el intercambio de materiales y la obtención de energía. Asimismo, son capaces de perpetuarse y, con el paso del tiempo, pueden evolucionar y adaptarse a su hábitat.

Algo inanimado como el fuego parece cumplir muchas de estas premisas, mientras que algo animado como los virus sólo algunas. Hay que analizar cada caso con atención, ya que la naturaleza siempre se las arregla para sorprendernos, por ejemplo con unos seres capaces de vivir en las condiciones más extremas, razón por la cual se denominan extremófilos. En una laguna de agua prácticamente helada, o hirviendo, o saturada de sales, o con un PH muy básico o muy ácido, o con grandes dosis de radiación, o anaeróbica (sin oxígeno), un mamífero no sobreviviría. Sin embargo, en ambientes de estas características ellos existen.

Ciertos extremófilos se conocen desde hace medio siglo, otros han sido descubiertos recientemente en una búsqueda que ha sido intensificada cuando la industria se ha dado cuenta de las enormes posibilidades que la resistencia de estos organismos les da en el laboratorio. Lugares que se creía inertes no lo son, como el llamativo río Tinto (Huelva), carente de oxígeno y luz solar y con abundancia de metales pesados nocivos. Sin embargo, contiene bacterias que, aunque basadas en el carbono, son capaces de obtener energía de la oxidación del hierro.

Descubrirlos en sitios imposibles permite especular sobre la existencia de organismos simples en otros mundos cuya temperatura, atmósfera u otros factores habían sido anteriormente considerados como inhóspitos. Los extremófilos muestran que hay muchos más entornos acogedores de los que se conciben. Para encontrarlos hay que saber qué buscar, y el hombre sólo puede indagar en función de lo que conoce. La vida que conocemos parece exigir un disolvente que se mantenga líquido en un amplio rango de temperaturas y en el cual puedan ocurrir reacciones químicas, una fuente de energía y un componente a partir del cual se formen moléculas complejas, así como un código para transmitir la información.

La Tierra es uno de los nueve planetas del Sistema Solar. De los ocho restantes, y sus satélites respectivos, se analiza el tamaño, la distancia del Sol (y la luminosidad que reciben), los gases de la atmósfera y el posible efecto invernadero, así como si tienen o no una fuente de energía, agua y moléculas de carbono.

Los lugares que se consideran más propicios para albergar vida son Marte, Europa y Titán. Marte es un desierto rojo por el óxido de hierro. Experimenta cambios diarios de temperatura en la superficie. Su atmósfera, 95% de dióxido de carbono, es demasiado fina para crear un efecto invernadero y la presión atmosférica, 0,6 la terrestre, demasiado baja para que exista agua líquida. Los polos contienen CO2, congelado, pero también hay hielo de agua. No está protegido por una magnetosfera.

La luna más grande de Saturno, Titán, es el único satélite con una atmósfera densa, en su caso de nitrógeno y metano, por lo que tiene un pequeño efecto invernadero. Con una presión atmosférica 1,5 la terrestre, es muy fría (85 ºK (-188 ºC)). Hasta hace poco se especulaba con que la radiación ultravioleta podría convertir el metano en hidrocarburos, como el etano, que se condensarían y precipitarían, lo que implicaría la presencia de compuestos orgánicos en la atmósfera y una lluvia que formaría océanos líquidos de metano o etano…

Los datos de la misión Cassini-Huygens parecen confirmar que efectivamente existe un ciclo “hidrológico” en Titán con metano en lugar de agua. Aunque los cauces tipo torrentera y extensiones lacustres que ha observado Huygens en su lugar de aterrizaje estaban secos, probablemente exista algún tipo de estacionalidad y se encuentre metano líquido en otro momento.

Europa, satélite de Júpiter, tiene un tamaño ligeramente más pequeño que el de nuestra Luna. La presencia de pocos cráteres de impacto indica una actividad reciente. Debajo de una corteza de hielo de unos cinco kilómetros de espesor, a cincuenta kilómetros de profundidad, hay evidencia de un océano profundo de agua que se mantiene líquido por el campo magnético del planeta gaseoso. De existir vida, tendría que estar bajo la superficie, alrededor de chimeneas termales.

Si la Tierra es un planeta de nueve, el Sol es una estrella de los cien mil millones que hay en la Vía Láctea. Para que una zona de la galaxia se considere habitable, debe tener una estrella longeva, planetas con órbitas invariables, que implican temperaturas mantenidas, agua líquida, elementos pesados (C, N, O) y una cierta protección de la radiación ultravioleta. En el interior de la galaxia hay demasiadas supernovas y en las regiones exteriores demasiados metales.

Finalmente, la Vía Láctea es una galaxia de las cien mil millones que se observan en el Universo, con lo que la cantidad de estrellas y planetas con unas condiciones propicias es seguramente enorme. La vida elemental podría aparecer con más frecuencia de la imaginada, de hecho sería una consecuencia casi inevitable de la evolución de la materia. Donde hay estrellas, surgen átomos, el carbono abunda y se divierte juntándose con otros elementos, aparece la química orgánica, y a partir de ésta sólo queda un paso.

La presencia de vida compleja es otra cosa. Las condiciones estables que han permitido su aparición en la Tierra, especialmente la presencia de agua líquida durante miles de millones de años, es posible que sean únicas, de hecho los primeros organismos multicelulares surgieron hace “sólo” 800 millones de años, mientras que los primeros organismos aparecieron hace casi 4.000 millones de años.

Y si se habla de vida inteligente, la cuestión todavía se complica más. La gran pregunta es que qué es la inteligencia y cómo reconocerla. El programa SETI, que busca pruebas tecnológicas de la presencia de seres extraterrestres (ondas de radio, televisión…) muestra que una vez más el hombre está condicionado por su realidad y, quizás ingenuamente, intenta encontrarla reproducida en otros lugares, donde la evolución no tiene por qué haber seguido los mismos pasos que en la Tierra.

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    Autor: Gotzon Cañada

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El autor

Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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