El gran silencio

César Esteban / 11-02-2005

Un día del verano de 1950, poco antes de la hora del almuerzo, cuatro científicos caminaban entre los árboles hacia la cantina de los laboratorios de física de Los Álamos (Nuevo México, EEUU): Enrico Fermi, Edward Teller, Emil Konopinski y Herbert York. Conversaban sobre platillos volantes, pues durante ese verano hubo una oleada de avistamientos de objetos misteriosos en el cielo.

En un momento dado, Konopinski recordó un cómic, que había aparecido en la prensa poco antes, donde se trataba el enigma de la desaparición de una gran cantidad de botes de basura en las calles de Nueva York. En él se mostraba a unos satisfechos alienígenas bajando los dichosos botes de su platillo en una especie de “platillódromo” interestelar. Fermi, como buen científico y bromista, dijo que se trataba de una teoría razonable, pues relacionaba dos fenómenos inexplicados distintos: los informes sobre avistamientos de platillos volantes y la extraña desaparición de los botes de basura.

Aunque todos coincidían en que los platillos volantes no eran auténticas naves extraterrestres, Teller inició una breve discusión sobre las posibles formas de propulsión de los platillos y si sería posible viajar a velocidades superiores a la de la luz. Una vez dentro de la cantina y tras hablar de otros temas, Fermi exclamó: “¿Nunca os habéis preguntado dónde están todos?”. Después de esto, se enfrascaron en una serie de cálculos sobre la probabilidad de la existencia de planetas terrestres, de la aparición de la vida y el ser humano sobre la Tierra, y sobre la duración más probable de una civilización tecnológica.

Fermi concluyó que deberíamos haber sido visitados por seres extraterrestres desde hacía mucho tiempo y en muchas ocasiones, y que si no había sido así era porque el viaje interestelar era físicamente imposible o las civilizaciones tecnológicas nunca sobrevivían lo suficiente como para llevarlo a cabo. Fue el archifamoso Carl Sagan quien recordó, en 1966, la historia de Fermi en una discusión sobre viajes interestelares, aunque la primera referencia conocida que titula el problema como “Paradoja de Fermi” aparece en un artículo de David Viewing publicado en 1975. Desde entonces, este tipo de razonamiento ha sido un arma para los que defienden la ausencia de vida inteligente fuera de la Tierra.

Uno de los argumentos más esgrimidos para ilustrar la citada paradoja concierne la escala de tiempos de propagación de una civilización tecnológica por la galaxia. Supongamos la existencia de unos seres capaces de construir naves interestelares que se desplacen a una velocidad de una décima parte la de la luz (0,1c). Si tenemos en cuenta que el diámetro de la galaxia es del orden de cien mil años luz (105 años luz), el tiempo que necesitaría dicha nave para ir de un extremo a otro sería de un millón de años (106 años). Una escala de tiempo diez mil veces menor que la edad de la galaxia, estimada en unos diez mil millones de años (1010 años). Resulta lógico pensar que, desde que la Tierra se formó, en algún momento se ha producido la visita de naves extraterrestres, si es que tal civilización tecnológica existe realmente.

Muchos son los científicos y pensadores que han discutido sobre las distintas soluciones a la paradoja, casi tantas como autores se han atrevido a atacar un problema tan esquivo. Quizás la más simple es la negación de la Paradoja de Fermi: los extraterrestres ya están aquí. Esta posibilidad, aunque muy popular entre el público, no está en absoluto apoyada por la comunidad científica. Después de más de cincuenta años de investigar los informes de avistamientos de platillos volantes, todavía no hay ninguna evidencia objetiva que permita considerar seriamente su existencia real, y mucho menos que sean astronaves extraterrestres.

Algunos autores han llegado a la solución contraria: no existen otros seres inteligentes extraterrestres. En un famoso artículo de 1975, Michael Hart, tras analizar distintas posibilidades, concluyó que debemos ser la única civilización de la galaxia. Otro famoso trabajo es el del físico Frank Tipler, cuyo revelador título “Los seres extraterrestres inteligentes no existen” dice todo sobre su posición extrema sobre el asunto. Tipler expone que una civilización tecnológica no tiene por qué basar su exploración de la galaxia en el viaje interestelar tripulado, y propone una solución más barata y eficaz a base de sondas o robots artificiales autoreplicantes y autoreparadores, del tipo formulado por Von Neumann en 1966 en su célebre Teoría de los autómatas autoreplicantes. Con estos artefactos se planificaría la exploración de sistemas estelares lejanos.

Las naves podrían enviar y recibir información junto con actualizaciones de sus programas de funcionamiento y, también, construir más naves a partir de los materiales disponibles en ese sistema solar, y así extender la exploración a nuevos objetivos, logrando una expansión eficaz con poco riesgo y gasto para la civilización creadora. Tipler estimaba que la colonización de la galaxia podría haberse llevado a cabo por naves de este tipo en una pequeña fracción del tiempo de vida de la galaxia. Por ello, si no tenemos constancia de la visita de estas sondas automáticas es que, definitivamente, no existe nadie lo suficientemente inteligente como para construirlas. Un resumen de los argumentos esgrimidos por los autores que defienden nuestra singularidad se recoge en un artículo de G. Brin (1983), en el cual denomina la Paradoja de Fermi con un nombre tan poético e inquietante como “El gran silencio”.

Hay muchas soluciones posibles que defienden la existencia de otras inteligencias extraterrestres e intentan razonar por qué todavía no están aquí. Algunas sugieren que quizás somos la primera civilización tecnológica en la galaxia simplemente porque la evolución química del Universo y las condiciones planetarias para la aparición de una vida inteligente no eran las apropiadas hasta ahora. Otras conjugan razones sociológicas como, por ejemplo, que la inteligencia es incompatible con la longevidad de una especie, puesto que incrementa mucho las posibilidades de autodestrucción. Todos sabemos que las armas de destrucción masiva son una espada de Damocles, no sólo sobre la existencia de nuestra especie, sino sobre la de la vida en la Tierra. También hay las que culpan a la extrema dificultad o coste económico y energético de un viaje de distancias astronómicas. El problema de estas soluciones es que, para explicar satisfactoriamente la Paradoja de Fermi, todas las civilizaciones galácticas desarrolladas se deben comportar de igual forma en todo momento. Sólo con que una de ellas se hubiera alejado de la norma, la colonización de la Galaxia podría haberse producido.

Finalmente, está la aparentemente fantasiosa “Hipótesis del zoológico”. Se basa en suponer que las civilizaciones más desarrolladas de la galaxia han establecido unas ciertas normas para el contacto interestelar con las civilizaciones emergentes. Algo así como protocolos para la conservación de las nuevas especies inteligentes cósmicas que implicarían la cuarentena a un contacto que podría ser fatal para el más débil. Esta actitud de respeto “ecológico” es profundamente humana y es la que, en los últimos decenios, ha impulsado proyectos y leyes internacionales de conservación de hábitat y fauna sensibles a la destrucción o alteración por la acción humana. Quizás el principal obstáculo de esta hipótesis sea, precisamente, que se trata de una idea demasiado humana para ser compartida por un ser inteligente distinto. Sin embargo, es una de las favoritas de los creyentes en la hipótesis extraterrestre para explicar el fenómeno OVNI sin darse cuenta de que son excluyentes Esta hipótesis predice la imposibilidad de detectar la presencia de naves extraterrestres o manifestaciones de tecnologías superiores, al menos no en nuestra cercanías y de una manera deliberada.

La Paradoja de Fermi se mantiene como un enigma desafiante. Intentar solucionarla se convierte en un juego filosófico de disquisiciones y probabilidades construidas sobre especulaciones con pies de barro. Ponernos en el lugar de otras mentes absolutamente diferentes a la nuestra para explicar el comportamiento de esos “otros” es una acción de una presunción infinita. Resulta bastante difícil, desde la diversidad cultural, entender como una persona puede estar segura de cualquiera de los argumentos arriba esgrimidos. Al respecto, el recientemente fallecido y verdadera estrella de la divulgación científica Stephen Jay Gould, comentó lo siguiente sobre el enfoque de Tipler: “Debo confesar que, simplemente, no sé cómo reaccionar frente a tales argumentos. Tengo bastantes dificultades para predecir los planes y las reacciones de las personas más cercanas a mí, e incluso me suelen desconcertar los pensamientos y logros de seres humanos de otras culturas. Estaría condenado si tuviera que establecer con certeza lo que una inteligencia extraterrestre pueda ser capaz de realizar”.

Comentarios (21)

Compartir:

Multimedia

El autor

César Esteban es Doctor en Astrofísica, Profesor Titular del Departamento de Astrofísica de la Universidad de La Laguna e investigador adscrito al Instituto de Astrofísica de Canarias.

Entrevista a César Esteban

Ver todos los artículos de César Esteban

Glosario

  • Luz
  • Galaxias