Las rocas que llueven del cielo

Annia Domènech / 10-09-2007

Que los meteoritos llueven del cielo se apreció el año 1803, cuando más de mil piedras meteoríticas aterrizaron sobre L´Aigle (Francia). Este suceso fue recogido en la novela Caza al meteoro, de Julio Verne, un autor conocido por su imaginación desbordante y especial empeño en integrar en sus historias los avances científicos y tecnológicos de la época, e incluso de prever un futuro del cual él habló en presente. Leyendo Viaje a la Luna se puede reconocer la conocida llegada a nuestro satélite de la nave Apolo 11 en 1969, aunque tuviera lugar mucho después de la publicación del libro.

Los asteroides, meteoroides, meteoros, meteoritos… confunden si no se ordenan primero. Un asteroide es un cuerpo rocoso e inactivo que da vueltas en torno al Sol. La mayoría de ellos se encuentra formando una especie de cinturón entre Marte y Júpiter. Si lo que hace dicho recorrido es pequeño, una partícula, se denomina meteoroide. Cuando estos cuerpos abandonan su periplo por el espacio para precipitarse contra la Tierra, cambian de nombre. Los meteoroides no suelen sobrevivir a su paso por la atmósfera terrestre, donde se consumen generando un hilo de luz llamado meteoro o estrella fugaz. En cambio, si los asteroides (y también los meteoroides de mayor tamaño) llegan hasta la superficie del planeta, adquieren el nombre de meteorito.

Básicamente cualquier pedrusco extraterrestre es un meteorito. Es cierto que proceden principalmente de asteroides, pero también de cometas y, en pocos casos aunque despiertan gran interés, de la Luna o Marte. Por otro lado, las lluvias de estrellas fugaces, esas ocasiones en las que se suceden las pinceladas de luz en el cielo, ocurren porque la Tierra colisiona con los restos dejados por un cometa . Los cometas son, según la definición habitual, "bolas de nieve sucia" que proceden de las afueras del Sistema Solar.

En la historia de Verne, el bólido, que no es más que un meteoro muy brillante, está compuesto de oro puro y despierta la codicia de los personajes. El escritor concibe de un modo visionario la posibilidad de obtener minerales de objetos del espacio, de los actualmente denominados NEOs (Near Earth Objects). Se trata de cometas o asteroides cercanos a la Tierra, como su nombre en inglés indica, atraídos por la masa de los planetas.

Los cometas contienen carbono y agua, de gran importancia para la vida, mientras que los asteroides pueden aportar minerales. Si bien la opción de explotar estas fuentes de riqueza no ha pasado desapercibida, todavía se trata de una hipótesis. El estudio de estos cuerpos tiene fines cognitivos, como conocer mejor el origen de los planetas, puesto que se considera que son restos de la materia primitiva del Sistema Solar: ya en 1864, la explosión de un objeto meteorítico, del cual se recuperaron varios fragmentos, permitió analizarla. Pero también, y no menos importante, preventivos: ¿qué ocurriría si un cuerpo de gran tamaño impactara contra la Tierra?

Se sabe que ello ya ha ocurrido en el pasado. Sólo hay que mirar hacia la Luna para ver que el tráfico celeste es de hora punta. Si el Planeta Azul no presenta la misma densidad de cráteres en su superficie es debido al efecto de la erosión. Pese a su acción alisante, hay registrados más de 170 cráteres. Algunos de ellos son muy conocidos, como el de Yucatán (México), de 180 km de diámetro, que habría sido causado por un cuerpo de 10 km y propiciado la extinción de los dinosaurios, hace 65 millones de años.

No siempre el resultado del aterrizaje de cuerpos extraterrestres son cráteres tan grandes que es necesario alejarse de nuestro planeta para verlos en su totalidad. Cada día llegan inadvertidamente unas cuantas toneladas de arena y partículas. Y, de media, se quema en la atmósfera un cuerpo de 50 m de diámetro una vez al año. A partir de este tamaño, la "roca" atraviesa dicha envoltura gaseosa. Cada mil años, lo hace un meteorito de hasta 1 km, que provoca daños locales; y cada centenares de miles de años uno todavía mayor, peligroso para la Tierra.

En 1801, dos años antes de la lluvia de meteoritos de L´Aigle, Giuseppe Piazzi encontró el primer asteroide, que confundió en un principio con un cometa. Fue al estudiar su órbita que descubrió que se trataba de un cuerpo rocoso similar a un planeta y lo llamó Ceres. A finales del s. XIX se habían registrado cientos de ellos. Desde entonces, su número ha aumentado. Sólo en las inmediaciones de la Tierra se estiman unos 1.000 asteroides y cometas de más de 1km de diámetro. La NASA tiene como objetivo encontrar el 90% de ellos.

El número de NEOs conocidos está en torno a 5.000, de los cuales unos 900 se han clasificado como potencialmente peligrosos para nuestro planeta. El estudio de sus órbitas pretende "tenerlos controlados", pero la tarea es compleja, además de ingente. Aunque pueda parecer lo contrario, no son los de mayor tamaño los más temibles al ser fácilmente detectables (los de un diámetro superior a 100 km están casi todos localizados), sino los pequeños, pues permanecen escondidos en el espacio. En junio de 2003, un asteroide de unos 100 m de diámetro pasó a un tercio de la distancia a la Luna. Los astrónomos lo descubrieron tres días después.

Hace tres años, se predijo para 2029 una alta probabilidad de colisión del asteroide Apophis con la Tierra, que posteriormente fue revocada. De no ser así, la cuestión es qué se podría haber hecho para evitar el posible choque. No basta con conocer la trayectoria de los "proyectiles" potenciales, sino que se trata de impedir que sean acelerados y captados por la fuerza gravitatoria e impacten en nuestro planeta.

Hay que desviar el cuerpo la distancia del radio terrestre, que es ínfima a escala del Universo. Para lograrlo, se están analizando varios métodos, como situar cerca de él una nave que influya gravitatoriamente en su trayectoria o utilizar explosivos nucleares. Sin embargo, hay que evitar a toda costa su fragmentación, que multiplicaría el problema convirtiendo un proyectil en muchos.

Estudiar los asteroides para saber con qué nos enfrentamos es la única opción y, de hecho, hay varios proyectos espaciales en marcha. Quizás uno de los que captura más la imaginación, especialmente en el mundo hispanohablante, es la misión Don Quijote, de la Agencia Europea del Espacio (ESA). Consistirá en dos naves espaciales: Sancho e Hidalgo. El fiel sirviente orbitará en torno a un asteroide de unos 500 m de diámetro, mientras que Hidago impactará contra él. El objetivo de la misión es medir la desviación resultante tras el choque.

Julio Verne ya concibió la posibilidad de que los cuerpos extraterrestres fueran desviados de su órbita por el hombre. Un visionario, sin duda.

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El autor

Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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