Crónicas del Universo: Eclipse de Tierra (II)

Miguel Santander García / 08-10-2010

Al fin, el tren emergió a la noche estrellada, y Gurfa contempló, por primera vez en su vida, la Tierra. Colgaba justo sobre el horizonte, ascendiendo en el cielo a medida que el tren avanzaba en la oscuridad hacia el centro de aquel hemisferio, desde donde habría que mirar en vertical hacia el cenit para verla. En aquel momento una punzada de dolor le invadió, junto con el fugaz recuerdo de Silian planeando el viaje, emocionada:

- ... y así, dependiendo de la posición relativa del Sol, veremos la Tierra en fase creciente, llena, menguante, o nueva (o sea, que el Sol estará detrás y no la veremos en absoluto). Pero siempre estará ahí, suspendida en el cenit, girando majestuosamente para nosotros...

Estaba casi llena. Un disco casi perfecto, acariciado por una delgada cimitarra de oscuridad en uno de sus lados. Y la superficie del disco, un cúmulo de torbellinos blancos sobre el vivo azul de los océanos y el marrón de los continentes, giraba lentamente, apareciendo por un lado y desapareciendo por el otro a medida que pasaban las horas.

Al otro lado del vagón, el que parecía el líder del grupo de sectarios seguía atemorizando a su rebaño.

- El fin del mundo está cerca, hijos míos. ¡Comenzará engullendo a nuestro satélite, para devorarnos después a nosotros! ¡Y sólo entonces comprenderán los incrédulos que ellos no serán salvados!

El grupo de agoreros se deshizo en exclamaciones y murmullos de "¡tiene razón, lo presiento!" y "ya lo verán los incrédulos, ya, así aprenderán".

  

Este tipo de aguafiestas ha estado presente en todas las culturas de todos los planetas habitados del Universo, y se caracterizan por un manifiesto optimismo hacia la idea de que, por pura casualidad, el mundo acabará en una fecha redonda (siempre en el calendario que les convenga), por la eficiencia de su memoria a la hora de olvidar que el mundo tampoco acabó la última vez que lo predijeron, y por el fervor ofendido con el que defienden que a la próxima va la vencida.

  

Casi todo el vagón en el que viajaban estaba repleto de sectarios. Normalmente en aquellos viajes iba bastante gente, pero aquello era claramente excepcional. Gurfa comenzó a pensar que quizás el fin del mundo sí que estaba a punto de acontecer y nadie se había molestado en avisarle.

Su compañero de al lado miró al líder de la secta, negó en silencio y se volvió hacia Gurfa, señalándole el satélite.

- ¿Es impresionante, verdad? - le dijo.

- Es enorme…

- Ajá. Y tanto. Si estuviéramos allí en lugar de aquí, veríamos la Luna casi cuatro veces más pequeña de lo que vemos la Tierra desde aquí.

- Y no sabía… que la superficie se moviera.

El extraño no pudo evitar mirarlo como si Gurfa hubiera salido de debajo de alguna piedra (y así era, de hecho).

- ¿Ajá, no?

- ¿Pero entonces, por qué está fija en el cielo? Es decir. Si estuviésemos en la Tierra, veríamos sólo esta cara de la Luna, donde estamos ahora, siempre la misma, ¿verdad?

- Ajá, sí. La Tierra es un satélite fascinante…

- Pero sin embargo la Tierra, vista desde aquí, rota. ¿Por qué una sí y la otra no?

- ¡Ajá, buena pregunta! Hace miles de millones de años, ambas rotaban. Pero lo cierto es que (y esto no lo difunda mucho por ahí o podría herir sensibilidades nacionales), nuestro satélite es más grande que la Luna, ochenta veces más masivo. Su atracción gravitatoria es muy intensa, seis veces mayor que aquí. ¡Imagínese, para soportarlo haría falta un esqueleto, como los de esos repugnantes antropoides de las películas de terrícolas!

El extraño hizo una breve pausa para sorber un poco de agua.

- A lo que iba, que el tirón gravitatorio de la Tierra es bastante mayor en esta cara de la Luna, que está algo más cerca, que en la cara contraria. Eso deforma ligeramente la Luna, achatándola como si fuera un balón de rugby, en dirección a la Tierra. Pero claro, a medida que la Luna rota sobre su eje, el achatamiento se desplaza hacia un lado, y la Tierra tiende a achatarla de nuevo en su dirección. Estos tirones, a la larga, sincronizan la rotación de la Luna con su traslación alrededor de la Tierra (sí, somos nosotros los que nos movemos en torno a nuestro "satélite", pero esto tampoco lo difunda demasiado). Si le interesa el nombre técnico del proceso: acoplamiento de marea por conservación del momento angular. Ajá.

Gurfa no contestó, intentando asimilar lo que su compañero de viaje le decía.

- Bueno, en realidad la dinámica de la Tierra es más complicada: la ecuación que describe su movimiento de manera precisa tiene doscientas páginas, y se usa para depurar de fallos cada nueva versión de nuestros programas de cálculo, pero no le quiero aburrir con detalles. Por si le sirve de algo, la Tierra también se lleva lo suyo con esto del acoplamiento: allí los océanos se mueven furiosos, alzándose y hundiéndose varios metros al paso de la Luna. Y el satélite entero se aleja unos pocos centímetros cada año, además de girar cada vez más despacio. Si el Sol no se convierte antes en una gigante roja y se nos traga, la Tierra llegará a girar sobre su eje una vez cada 47 días. Así que eso que hacemos de usar su rotación como reloj no es tan buena idea... Y si no, tiempo al tiempo.

- Pero eso supone que, si la Luna ahora está acoplada, como dice, y antes giraba más rápido, tuvo que haber un comienzo. O sea, que no siempre ha estado ahí, como dicen en los textos sagrados. Entonces, ¿de dónde salió nuestro mundo?

- Ajá. No lo sabemos con certeza, claro, pero por lo que nos enseñan muchas observaciones, la composición de las rocas terrestres y lunares es la misma, así que la mejor explicación, que encaja con todas las observaciones, es que hace miles de millones de años un planeta del tamaño de Marte chocó con la Tierra-Luna primitiva, desprendiendo ingentes cantidades de roca incandescente al espacio. Estas rocas formaron primero un cinturón alrededor del planeta, y después, con el tiempo, se fueron acumulando por agregación gravitatoria (o acrecimiento), formando una Luna incandescente y bombardeada por millones de asteroides, vomitando lava durante mil o dos mil millones de años. Luego se enfrió… y hasta hoy.

- ¿Cómo sabe usted tanto sobre la Tierra?

- Soy astrónomo. Formo parte de un equipo para medir la distancia a la Tierra. Y como esto no acelere un poco, no llegaré a tiempo a mi posición.

El tren volvió a entrar entonces bajo la superficie, ocultando la magnífica visión del satélite durante las siguientes quince horas. La mayor parte de los recorridos de tren en aquel hemisferio discurrían de aquel modo, por la sencilla razón de que sus habitantes vivían con el miedo a una invasión terrícola, y sólo salían a la superficie en ocasiones especiales.

 

Nadie dudaba de la existencia de los seres de la Tierra, pues hacía algunos siglos sus ovnis habían alunizado por allí, varias veces, dejándoles de regalo banderas que parecían cortinas de ducha, un par de carritos con ruedas y unos retroreflectores que apuntaban al satélite azul, siempre ante la mirada atónita de los selenitas, que hubieran preferido algo más clásico, como una postal de París o una caja de bombones.

 

Al fin, el tren llegó a la estación y Gurfa pudo salir a la superficie. En aquel lugar, la Tierra estaba directamente sobre su cabeza, de modo que había que forzar las antenas oculares y era doloroso si te tirabas un buen rato. Naturalmente, aquel lugar era sólo para turistas; las casas de los más pudientes se distribuían a lo largo de un anillo un par de miles de kilómetros más lejos, desde donde la Tierra quedaba situada a una altura mucho más agradable.

Gurfa caminó entre la multitud, mirando a cada paso la Tierra, ahora completamente llena, hipnotizado por aquel espectáculo. Divisó al astrónomo, que montaba un telescopio sobre una colina cercana y se dirigió hacia allí.

Y entonces comenzó. Un festival de colores de asombro y terror se adueñó del valle.

- ¡Ahí está, los antiguos tenían razón! ¡El fin del mundo ha comenzado! - gritó el líder de la secta señalando a la Tierra.

Gurfa miró hacia arriba, asustado.

La Tierra tenía un mordisco. El mordisco creció hasta convertirse en un agujero circular del tamaño de un continente, completamente oscuro, que se desplazaba lentamente sobre la superficie del satélite.

- ¡Ajá! - exclamó el astrónomo mientras tomaba sus medidas- . ¡Ahí tenemos el eclipse, la sombra de la Luna sobre la Tierra! ¿Maravilloso, verdad?

- ¡El fin del mundo! - corearon los cientos de agoreros ante el asombro de los demás turistas-. ¡Arrepentíos, incrédulos!

- ¡Cuando el agujero llegue al centro de la Tierra la engullirá por completo! ¡Y nosotros seremos los siguientes!

- ¡Tierra, tráganos!

Pero nada de eso sucedió. El agujero de oscuridad cruzó el disco de la Tierra y, al cabo de unas cinco horas, salió por el otro lado. Sobrepasado por la belleza del espectáculo, Gurfa deseó con todas sus fuerzas que Silian estuviese allí a su lado cuando bajara la cabeza.

Pero aquello tampoco sucedió. Aunque en el fondo, sabía que ella estaba allí, en su memoria, feliz porque él había cumplido su promesa. Si hubiera tenido una boca con la que sonreír, lo habría hecho, de forma tan serena y ensimismada que cualquiera habría pensado que estaba en plena epifanía sobrenatural.

La multitud tardó un rato en dispersarse tras el eclipse. Gurfa se entretuvo, ayudando al astrónomo a desmontar su equipo. Cuando acabaron, tan sólo unos pocos cientos de selenitas, los sectarios del tren seguían allí, sin poder creérselo.

El astrónomo le señaló entonces al líder, que se dirigía disimuladamente en el tren de vuelta, enseñaba su ticket al revisor, y se escabullía en el interior del vehículo.

Ajenos a la salida a la francesa de su líder, los sectarios permanecieron un rato atónitos, hasta que uno de ellos se encendió en colores:

- Chicos... ¿alguien trajo dinero para el billete de vuelta?

Nota: El artículo fue inspirado por una conferencia de Romano Corradi.

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El autor

Miguel Santander García es Doctor en Astrofísica e investigador postdoctoral en el Observatorio Astronómico Nacional. Escribe ciencia-ficción, a finales de año se publica su primera novela "La Costilla de Dios", y mantiene el blog "Tras el horizonte de sucesos".

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