La ciencia casual

Cristina Junyent / 05-03-2003

¿Qué casualidades intervienen en un descubrimiento científico? Muchas veces se debe al fruto de un trabajo con un objetivo claro y el resultado obtenido es el que se esperaba. Otras veces, se realiza por casualidad, con un papel preponderante del azar. A pesar de todo, no hay que menospreciar la habilidad de un científico para interpretar y descifrar la información escondida tras un resultado inesperado. Louis Pasteur decía: “el azar favorece sólo a las mentes más preparadas”.

Winston Churchill, a su vez, opinaba: “quien es incapaz de ver lo que encuentra no encontrará jamás lo que busca”. Arquímedes es un buen ejemplo con su ¡Eureka!, considerado uno de los primeros casos de serendipia de la historia. De la historia escrita, porque muchos otros conocimientos anteriores debieron ocurrir gracias a la serendipia o "aptitud aparente para realizar descubrimientos afortunados accidentalmente”, como se describe en el diccionario Webster.

La palabra serendipia fue usada por primera vez en 1754 por Horace Valpole, en una carta a su amigo sir Horace Mann, para describir la causalidad de algunos de sus propios descubrimientos. La tomó del cuento de hadas “Los tres príncipes de Serendip”, hoy Sri Lanka (la anterior Ceilán), quienes iban haciendo descubrimientos sobre cosas que no se habían planteado anteriormente a través de una secuencia de accidentes y de sagacidad.

A través de la historia, se han conseguido numerosos adelantos gracias a la serendipia. ¿Se trata sólo de buena suerte o son el resultado de un trabajo duro? Quizás una combinación de ambos. La capacidad de reconocer lo inesperado es el mérito de muchos descubridores, y los astrónomos no han sido la excepción.

El descubrimiento de la radiación de fondo del Big Bang y los púlsares se atribuye a la serendipia. A finales de los sesenta, Anthony Hewish y un grupo de sus estudiantes de Cambridge construyeron una gran antena (de más de dos mil receptores distribuidos en doce hectáreas) para recibir fuentes astronómicas que emitieran microondas en intervalos breves. Entró en funcionamiento en 1967. Al cabo de un mes, una estudiante, Jocelyn Bell, detectó ráfagas de microondas entre Vega y Altair. Las ráfagas eran muy breves: una treintava parte de un segundo. Ahora bien, al estudiarlas con detenimiento detectó otra señal regular a intervalos de aproximadamente 1,337 segundos: el primer púlsar. Hewish compartió el Nobel en 1974.

En 1964, Arno Penzias y Robert Wilson, dos científicos de los laboratorios Bell en Nueva Jersey, estaban modificando una radio antena que anteriormente se había usado para recibir la señal de un satélite de comunicaciones. La idea era utilizarla para intentar captar señales de radio del espacio exterior, para lo cual lo primero era eliminar las señales de radio de la Tierra. Sin embargo, tras intentar eliminar toda la emisión residual, siempre quedaba un ruido de fondo, el que finalmente fue considerado el ruido residual de la gran expansión. Ambos compartieron el Nobel con un científico soviético en 1978.

Atrás en el tiempo, hay otros casos. Se puede atribuir a la serendipia el invento del telescopio. A principios del siglo XVII, las mejores lentes de aumento se fabricaban en Holanda. En 1608, un aprendiz de Hans Lippershey jugueteando con unas lentes sobrepuso el efecto de dos de ellas y vio que los aumentos eran muy superiores (y la imagen se invertía). Lippershey se dio cuenta que eran un gran descubrimiento, fijó las lentes y fabricó lo que se podría considerar el primer telescopio. En aquel momento, los Países Bajos se habían rebelado contra la corona española, y Lippershey creyó que el incipiente telescopio podía ser una potente arma de guerra. Intentó mantener el secreto, pero era difícil que no se corriera la voz. Galileo mismo fabricó un telescopio en 1609 que apuntó al cielo para observar los cuerpos celestes. Y empezaron a describirse nuevas tierras lejanas: los mares de la Luna y las lunas de Júpiter. Ciertamente, el descubrimiento fue el medio, pero la constancia de observar noche tras noche Júpiter y los objetos alrededor de él y comprender que giraban en torno al planeta no es menospreciable.

Tanto es así que, en uno de sus artículos, Isaac Asimov planteaba la siguiente cuestión, relacionada también con el azar: si la Luna, en lugar de estar en la Tierra hubiera estado en Venus, nuestra concepción del papel de los humanos en el mundo natural hubiera sido distinta. No nos hubiéramos sentido el centro del Universo, por lo menos no durante tanto tiempo, como llevó a pensar el hecho de que la Luna girara en torno a la Tierra.

El razonamiento que sigue es que, al no haber Luna, Venus hubiera sido el objeto más brillante del cielo después del Sol. Un satélite de Venus, al que llama Cupido, se hubiera observado después. Y, al ver cómo variaban Venus y Cupido, se habría establecido la relación entre ambos. Eso sí, nos hubiéramos perdido las preciosas noches de Luna llena.

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El autor

Cristina Junyent es Doctora en Biología por la Universitat de Barcelona y directora de la Fundación Ciencia en Societat.

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  • Fondo Cósmico de Microondas
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