¿Podría un elefante sujetar el mundo?

Laura Ventura / 05-01-2005

Toda persona que posea unas nociones mínimas acerca de los órdenes de magnitud en juego contestaría que no, pues el globo terráqueo supera en masa y tamaño hasta al mayor de los elefantes. Incluso suponiendo que pueda existir uno lo suficientemente grande y robusto como para soportar en su lomo el peso del mundo entero, inmediatamente se plantearían algunos problemas como, por ejemplo, las interacciones gravitatorias del sistema Tierra-elefante dentro del Sistema Solar, la biología del elefante, su falta de redondez gravitatoria, su resistencia a la radiación cósmica, etc.

Una de las representaciones más antiguas del Cosmos, de origen hindú, es la siguiente: en un inmenso océano de leche rodeado por la cobra sagrada (la serpiente de la eternidad) nada una enorme tortuga, sobre cuyo caparazón cuatro elefantes se encargan de sujetar la Tierra (obviamente plana) por los cuatro puntos cardinales. Hace tan sólo unos 3.000 años de los 13.700 millones de años de vida de este universo, los elefantes sujetaban el mundo.

Desde siempre, el hombre ha observado la naturaleza y se ha interrogado sobre los orígenes de todo lo que le rodea. La primera herramienta para descifrar la realidad fue el mito, que le permitió conocerse a sí mismo y explicar los fenómenos observados atribuyéndoles cualidades humanas, del mismo modo que la fantasía ayuda a un niño a interpretar su entorno. Las grandes civilizaciones antiguas (babilonia, egipcia, griega, hindú, china, maya...) imaginaron una amplia variedad de mitos y leyendas que constituyen los cimientos del saber actual. Pese a su diversidad, los mitos de todas las partes del mundo comparten un hilo conductor común y hablan a través de los mismos arquetipos o símbolos universales.

Entre los temas recurrentes está la imagen del Cosmos como la de un universo ordenado, luminoso y vital, creado por una o más divinidades a partir del Caos, es decir, de las tinieblas, del frío y de la materia inerte. Unos dioses primigenios son los que dan a luz a divinidades cada vez más humanas. Siempre se identifica lo terrenal con lo perecedero, humano e imperfecto, así como lo celestial con lo inmortal, divino, eterno e inmutable. Existe una separación muy evidente entre estos dos mundos. Asimismo, el post mortem, que es uno de los grandes enigmas de la Humanidad, se materializa en el mundo subterráneo en unas tinieblas que son vestigio del Caos original. Las fuerzas de la naturaleza, los fenómenos sociales y los sentimientos asumen figuras antropomorfas, o de animales a los que se les atribuyen virtudes y vicios humanos.

Las representaciones más antiguas, muy diversas, muestran nuestro planeta como un objeto plano en cuyo centro está la parte terrestre, normalmente dominada por una gran montaña y rodeada de agua. Por encima está la bóveda celeste, como manifestación de lo divino, y por debajo el oscuro mundo subterráneo. En muchos casos se habla de siete cielos, uno por cada uno de los astros que dominan el firmamento. En la antigüedad sólo eran conocidos el Sol, la Luna y los cinco planetas visibles sin instrumentos. Algunos de los grandes temas bíblicos -como la creación del hombre a partir de una estatuilla de barro, el pecado original y el gran cataclismo (Diluvio Universal)- se repiten con variaciones en la gran mayoría de los mitos del mundo.

Hace más de dos milenios, aproximadamente en el año 250 a.C., Aristarco de Samos propone el primer modelo heliocéntrico. Sin embargo, hubo que esperar más de 1.500 años para que la revolución copernicana empezara a derrumbar el modelo aristotélico-ptolemaico, la obra maestra de la cosmología geocéntrica que la Iglesia convirtió en uno de los pilares básicos de su doctrina. En el siglo IV d.C., con el incendio de la biblioteca de Alejandría y el asesinato de Hipatia (astrónoma, filósofa y matemática de formación griega), la cultura pagana sucumbe a la cristianización del imperio romano. Paradójicamente, la teología se identifica con un modelo cosmológico pagano que defiende la superioridad del hombre como obra maestra de la creación divina. Dicho modelo perduró durante toda la Edad Media. Los que se atrevieron a contradecirlo corrieron la misma suerte que los manuscritos de la biblioteca de Alejandría.

El cielo pierde irremediablemente su naturaleza divina hace poco más de cuatro siglos, al descubrirse que los cuerpos celestes no son perfectos y sin manchas, ni tampoco se mueven formando esferas sino elipses. Pero lo peor de todo es que la Tierra no es el centro de esos movimientos, o sea que no es el centro del Universo y, por tanto, el hombre tampoco lo es de la creación. Copérnico, Tycho, Kepler y Galileo fueron las figuras más destacadas de esta revolución, que cambió radicalmente, aunque no sin dificultades, la perspectiva del hombre sobre el Cosmos, marcando así el comienzo de una nueva era científica y filosófica.

Hasta hace tres siglos se desconocía por qué un elefante, o cualquier otro ser vivo u objeto situado en el hemisferio Sur, no se caía de la Tierra si ésta es de verdad redonda. En el año 1666, la formulación por Isaac Newton de la Ley de la Gravitación Universal explicó los movimientos planetarios y, al mismo tiempo, determinó que la Física funciona igual en el cielo que en la Tierra. Por ejemplo, dos cuerpos celestes se atraen según la misma ley por la que un elefante puede pasearse sin miedo por el hemisferio sur. Actualmente se sabe que la interacción gravitatoria –una de las cuatro interacciones fundamentales de la naturaleza, junto con la electromagnética, la débil y la fuerte– es la que domina en el Universo a gran escala.

Albert Einstein formula, a comienzos del siglo pasado, la Teoría de la Relatividad: el espacio y el tiempo no son absolutos. La materia es energía concentrada según un factor igual al cuadrado de la velocidad de la luz, y su distribución determina la geometría del espacio-tiempo. Por la misma época, a partir de los experimentos sobre la emisión térmica, Max Planck deduce la cuantización de la energía y nace la Mecánica Cuántica. La radiación electromagnética es onda a la vez que partícula y, a la vez, una partícula puede ser descrita como una onda. Supone la transición del determinismo a la probabilidad, así como el nacimiento de la física que dará lugar al actual modelo de Universo.

En 1923, Edwin Hubble resuelve los brazos espirales de Andrómeda y pone fin al célebre debate Shapley –Curtis acerca de la naturaleza de las “nebulosas” demostrando que nuestra galaxia no es el Universo, sino una de las muchas estructuras que lo habitan. Seis años después descubre la expansión del Universo. El año 1940 es el del cálculo de las abundancias primordiales: George Gamow da consistencia científica a la idea del átomo primigenio de Lemaître formulando la mundialmente conocida teoría del Big-Bang y prediciendo la existencia de la radiación de fondo. Considerada la prueba más contundente de la Gran Explosión, la radiación del Fondo Cósmico de Microondas se descubre en 1964.

Es el año 2005 y los elefantes todavía caminan apoyando las patas en el suelo. No hace ni siquiera medio siglo que empezó la exploración espacial y poco más de treinta años que el hombre pisó la Luna. Las sondas Voyager siguen su viaje por el Sistema Solar externo después de veinticinco años y dos robots se pasean por la superficie de Marte rastreando el suelo en búsqueda de indicios de la existencia de alguna forma de vida pasada o presente. Tras un largo viaje de siete años, la sonda Cassini ha llegado a Saturno. Por su parte, el Hubble Ultra Deep Field ha proporcionado la imagen de la galaxia más lejana jamás detectada, lo que equivale a decir de la estructura más antigua jamás observada. Nuestro universo visible mide unos 13.700 millones de años luz.

En estos momentos vivimos en los comienzos del tercer milenio de una historia cuyo punto cero ha sido escogido de forma arbitraria entre los innumerables instantes que han subseguido en este tiempo. Más allá de lo más lejano había la nada absoluta, que no es un espacio vacío cuyo estado se mantiene constante en el tiempo, puesto que está fuera del espacio y del tiempo. En otras palabras, no existe ni un “fuera” ni un “antes” del Universo, pues él mismo es el espacio-tiempo, a la vez que la materia y la energía. Por si no fuera bastante complicado, el Universo se expande, estirando el espacio-tiempo y diluyendo esa energía que, en el instante cero, fue infinita e infinitamente concentrada y que se generó de la nada por una “pura casualidad”, técnicamente llamada “fluctuación cuántica del vacío”. La probabilidad de la existencia se materializa en el Big Bang, la Gran Explosión cuyas cenizas constituyen nuestro universo actual.

Aunque el Cosmos que hoy se investiga no se parezca en nada al mitológico y, por tanto, los mitos ya no lo expliquen satisfactoriamente, siguen siendo fascinantes e incluso válidos en su simbolismo. No hay que olvidar que el mito, como interpretación de la realidad, es el embrión del conocimiento científico. Dio paso a la Filosofía, que es la suma de saberes de todo tipo, y después se diversificó en las ciencias especializadas tal y como se conocen, o desconocen, actualmente.

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El autor

Laura Ventura es Licenciada en Astronomía. Actualmente es responsable de las visitas de prensa en la ESO.

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