Crónicas del Universo: Eclipse de Tierra (I)

Miguel Santander García / 04-10-2010

Gurfa jamás había visto la Tierra. Las cosas sobre su cabeza nunca le habían interesado demasiado, con la notoria excepción de posibles asentamientos de polvo y roca que sellaran los túneles superiores de la mina en que trabajaba. Su vida era la tierra - o mejor dicho, la Luna- y lo que había bajo su superficie.

De hecho, si la memoria no le fallaba, la única vez que el cielo le había resultado útil fue durante una puesta de Sol hacía muchos años, cuando se ligó a Silian (¿o había sido al revés?). Y todo porque ella era de los pocos selenitas que consideraban una puesta de Sol - que duraba 1 hora terrestre y que carecía de los tonos rojizos y violetas de un cielo que sólo conocían por las representaciones artísticas en los libros de astronomía- como un espectáculo apasionante, y porque él, tímido hasta la médula, había tenido todo ese tiempo para armarse de valor y rodearle la espalda con un tentáculo.

Aquel había sido un momento mágico. Si podías llamar momento a un rato de dos días terrestres y medio de duración. Durante el primer día, se abrigaron tras la puesta de Sol (la temperatura caía de 120º a -200º C), y Silian le explicó a Gurfa la diferencia entre periodo sinódico y periodo sideral. El resto del tiempo lo dedicaron a hacer planes de futuro y a… bueno, a hacer planes del presente más inmediato.

- ¿Sabes? -le había dicho ella -. Lo que me parece más intrigante es que la Tierra se mueva entre las estrellas y al mismo tiempo esté quieta en el cielo. ¡Ojalá pudiera verla algún día!

 

Los selenitas no hablaban (y mucho menos español), ya que la ausencia de atmósfera en la Luna impedía la propagación del sonido y habrían tenido bastantes dificultades para hacerse entender. En lugar de ello, cientos de millones de años de evolución habían resultado en glándulas epidérmicas capaces de iluminarse desplegando una asombrosa variedad de colores (huelga señalar lo hipnóticas que resultaban las fiestas). El lenguaje resultante hacía que, de haber llegado a existir contacto con los terrícolas, expresiones como "no hagas que me sonroje" o "me pones negro" hubieran provocado, como poco, un incidente diplomático. En resumen, reproducimos aquí una transcripción aproximada de la conversación para la conveniencia del lector.

 

- ¿Cómo que se mueve? Pensaba que estaba fija en el firmamento, sobre el otro hemisferio...

- Claro, la Tierra está fija, pero las estrellas no. ¿Por qué crees que en verano el Sol pasa por unas constelaciones y en invierno por otras?

- Nunca lo había pensado…

- Pues sí. El Sol tarda 29 días, 12 horas y 44 minutos en volver a estar en la misma posición en el cielo. Eso es lo que dura un día, o periodo sinódico. En cambio, la esfera celeste da una vuelta completa alrededor de nosotros cada 27 días, 7 horas y 44 minutos terrestres; eso es lo que se conoce como periodo sideral. En otras palabras, el fondo de estrellas tarda un poco menos en dar una vuelta, de manera que se adelanta progresivamente según pasa el tiempo. Y mientras, la Tierra está fija, colgada en el otro hemisferio.

- ¿Y a qué se debe esa diferencia?

Ella se rió, divertida ante su extrañeza.

- A que en lo que la esfera celeste da una vuelta completa, ambos, Tierra y Luna, hemos avanzado un poco en nuestro camino anual alrededor del Sol, de manera que aún tenemos que girar un poco más para volver a tener al Sol en la misma dirección.

Veinte años y treinta y seis hermosos retoños después, ella había muerto a resultas de aquel estúpido accidente de golf, no sin antes hacerle prometer que no dejaría de hacer, por ella, aquel viaje para el que ya tenían comprados los billetes y obtenido los visados.

 

El golf no es un deporte muy popular en la Luna. Esto se debe a lo aburrido que resulta tener que caminar más allá del horizonte visible para recoger la pelota a cada golpe.

 

Una promesa era una promesa, y Gurfa la habría mantenido contra viento y marea. Es decir, de haber habido viento o mares de agua en la Luna.

Así que lo haría por ella, aunque eso significara tener que cruzar toda la cara oculta de la Luna, donde vivía, hasta el hemisferio contrario, en un viaje de casi diez mil kilómetros.

La cara oculta. Siempre le había hecho gracia aquel nombre. A Gurfa no le parecía nada oculta. ¿Y además, oculta de qué? De la Tierra, claro. Pues salvo por el hecho de que el terreno era mucho más accidentado, surcado por infinidad de cráteres -las probabilidades de que un meteorito te cayera en el cogote y destruyese tu vecindario eran mucho mayores allí, al estar más expuesta al espacio exterior- , los días y las noches eran igual de largos, y el firmamento visible a lo largo del año era el mismo, salvo por el famoso satélite de la Luna, que estaba prácticamente fijo en el firmamento de ese hemisferio.

 

Los selenitas de la cara oculta construían sus casas en el fondo de los cráteres más recientes, en la falsa creencia de que "el siguiente toca en otro sitio". Esta superstición está muy extendida y ha sido usada tanto por los residentes de sistemas solares jóvenes como por los soldados en todo el Universo. Lamentablemente, el que los muertos suelan estar repartidos en kilómetros a la redonda y no puedan exclamar "¡ah, pues no!" no ayuda a desmitificar la idea.

 

En el fondo, el llamar a aquel hemisferio la cara oculta no era sino la manera que tenían las clases gobernantes y las naciones ricas del otro de establecer una diferenciación y alejarlo de sus conciencias. Era un eufemismo mucho menos feo que llamarlo directamente "la cara pobre".

Acodado junto a la ventanilla del tren, Gurfa se entretuvo mirando valles, los mares y las montañas, bañados por la luz del Sol y las estrellas sobre ellos. La orografía de la Luna era impresionante y no tenía nada que envidiar - o eso decían- a la de la Tierra. En ambas había montañas, valles e impresionantes fallas, y si en la Tierra se veían mares de agua, en la Luna también los tenían, por mucho que estos últimos estuvieran secos y fueran enormes extensiones de tierra basáltica más oscura, resultado de erupciones volcánicas provocadas por la caída de grandes meteoritos. Tenían nombres como Mar de la Serenidad o Mar de la Tranquilidad, que representaban bien la filosofía de vida selenita, aunque otros, como el Mar de las Crisis o el Pantano de la Podredumbre, recordaran a los habitantes del planeta blanco lo mal que se podían poner las cosas de cuando en cuando y que no convenía resarcirse mucho en la abundancia.

Y eso sí, si había algún aspecto de la orografía Lunar del que los selenitas estuvieran especialmente orgullosos, se trataba, sin duda, de los cráteres, por la sencilla razón de que en la Tierra no se veían. Cientos de miles de cráteres, de todos los tamaños, cada uno con su nombre particular.

El tren entró por fin en el túnel de la frontera, que con sus casi mil kilómetros de longitud, comunicaba ambos hemisferios, salvando una cordillera de más de tres kilómetros de altura. El grupo de selenitas que viajaba un par de filas más adelante se apagó y guardó silencio durante un buen rato, tras haber estado dando la tabarra durante días, muy excitados, acerca del fin del mundo que estaba a punto de acontecer y para el que tenían que llegar a tiempo, o se lo perderían.

Gurfa poco sabía sobre el fin del mundo. Que una antigua civilización, casi prehistórica pero de astronomía bastante avanzada, había fijado el final de los tiempos para algún momento de aquel año a resultas de un acontecimiento cósmico, y poco más. Eso, claro, si no hacías caso al final, en una fecha totalmente distinta pero con resultados igualmente desastrosos, que describían los textos sagrados de cada religión, y que además no coincidían entre sí. Con todo, Gurfa no sabía por qué tendría que darle más crédito a unos que a otros, y se limitaba a vivir su vida lo mejor que podía.

Y si algo le hacía sentirse a gusto y como en casa, eso eran los túneles, como el que transitaban ahora. Eso, y la certeza de que su trabajo, por duro que fuera, era necesario para la supervivencia de la raza. Pues, como toda forma de vida que se precie, los selenitas necesitaban oxígeno y agua. El primero sólo podían obtenerlo de las rocas, que contenían un 43% de oxígeno (inconvenientemente mezclado con 21% de silicio y restos de otros elementos), por medio de un proceso de ósmosis; la segunda sólo podía existir en forma de hielo en el fondo de algunos cráteres y galerías jamás alcanzados por el Sol, que los hubiera evaporado y habría hecho que el vapor se escapara de la Luna, demasiado pequeña para atraparlo y crear una atmósfera.

Y ahí es donde entraba Gurfa. El origen del agua en la Luna era un proceso, que, como a todo buen profesional del ramo, siempre le había fascinado. Mientras que de vez en cuando caía algún cometa que traía algo de hielo, la mayor parte del agua bajo la superficie era resultado de la continua acción del viento solar sobre el hidrógeno presente en los materiales superficiales, que producía hidroxilo (OH) y agua (H2O).

 

En rigor, el viento solar que permitía la subsistencia de los selenitas es el mismo que, al no ser deflectado por un campo magnético (inexistente en la Luna; no se lleve usted la brújula) impediría su mera existencia. Y es que el viento solar, formado por partículas de muy alta energía y a velocidades cercanas a la de la luz, abrasarían sus células y les provocarían todo tipo de desagradables mutaciones, que harían que el estado en que quedaron los supervivientes de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki les parecieran unas vacaciones en un spa. Pero claro, no nos vamos a poner demasiado exigentes ahora, o nuestra historia se quedaría sin protagonista.

 

En resumen, era el trabajo de Gurfa y otros como él lo que había permitido que los selenitas abandonaran los hielos eternos del fondo de aquellos cráteres, que los habían abrigado durante milenios, y se expandieran por la superficie.

Al fin, el tren emergió a la noche estrellada, y Gurfa contempló, por primera vez en su vida, la Tierra.

(Continuará)

Nota: El artículo fue inspirado por una conferencia de Romano Corradi.

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El autor

Miguel Santander García es Doctor en Astrofísica e investigador postdoctoral en el Observatorio Astronómico Nacional. Escribe ciencia-ficción, a finales de año se publica su primera novela "La Costilla de Dios", y mantiene el blog "Tras el horizonte de sucesos".

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