Los reyes magos que no volverán

Annia Domènech / 04-01-2008

Hace treinta años partieron de la Tierra unos reyes magos muy particulares. Transportan regalos para unos seres que quizás no sean capaces de comprenderlos. De hecho, dichos reyes, que son dos y no tres, desconocen si durante su trayecto podrán encontrarse con esos seres, pues nadie les ha asegurado que existan.

Puede parecer un viaje desinteresado, pero no lo es. Durante el mismo, recogen vivencias, atesoran conocimientos, investigan fenómenos… y envían toda esta información a la Tierra, donde han permanecido aquellos que hicieron posible su marcha. En principio, partieron por cinco años, pero ya han sextuplicado este período de tiempo, y lo que está claro es que no volverán.

Nunca soñaron con llegar tan lejos: dentro de poco abandonarán el sistema del cual proceden y se aventurarán en el espacio. Pese a ser grandes viajeros, por algo fueron bautizados como voyager, les asusta un poco ir hacia la nada. Allí se perderán en el vacío. Ya no habrá planetas de los cuales tomar bellas instantáneas como han hecho con Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. En principio, sólo iban a observar los dos primeros, pero decidieron continuar camino animados por los científicos, que los reprogramaron desde la Tierra. Y ahora ya han dejado a todos los planetas gaseosos atrás.

Los regalos, que transportan repetidos por si sólo uno de ellos llegara a buen término, intentan explicar el hombre y la Tierra en un mensaje de bienvenida pensado para un eventual extraterrestre. La NASA solicitó al Dr Carl Sagan que seleccionara la información que se debía incluir. Finalmente, consisten en una grabación en un disco de cobre, el Disco de Oro, de saludos en 55 idiomas distintos; sonidos de la naturaleza, como el del viento o los pájaros; composiciones musicales, desde Beethoven hasta una canción nupcial peruana; y 115 imágenes, entre las cuales la de una autopista, el diseño de la estructura del ADN (ácido desoxirribonucleico), un mapa con la posición del Sol o un diagrama que explica las diferencias entre un hombre y una mujer. También llevan dos mensajes impresos del Presidente Carter y el Secretario de las Naciones Unidas, Kurt Waldheim.

Estos reyes magos tan particulares son, como ya habrán adivinado, sondas espaciales de la NASA y responden al nombre de Voyager 1 y 2. Ambas fueron lanzadas en 1977 desde el Kennedy Space Center, en Cabo Cañaveral (Florida), curiosamente la Voyager 2 un mes antes que la Voyager 1. No hay que confundirlas, aunque sean gemelas. Una se construyó por si fallaba la otra, y acabaron complementándose. Se trata de naves complejas, acorazadas contra la radiación, formadas por 65.000 partes, que a su vez se subdividen. Cada una transporta 11 instrumentos científicos y tiene una gran antena de transmisión, capaz de enviar 115.000 bits por segundo. Su "grabadora digital" ha registrado los datos científicos y los ha reproducido para la Tierra una y otra vez durante estos treinta años, infaliblemente.

El estudio de los cuatro planetas gaseosos del Sistema Solar en una sola misión fue proyectado en el Jet Propulsion Laboratory (JPL) a mediados de los años setenta, cuando Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno iban a estar en una distribución geométrica poco habitual que tiene lugar cada 175 años. El interés radicaba en que ésta permitiría acortar el trayecto, y también reducir el coste económico. Sin embargo, cuestiones presupuestarias impidieron que se llevara a cabo, mejor dicho, fue reducida a Júpiter y Saturno, con sus respectivas grandes lunas Io y Titán, aunque reservándose la posibilidad de que Voyager 2 pudiera ir más lejos. Nombrada primero MJS (Mariner Jupiter/Saturn), la misión adquirió el nombre de Voyager medio año antes del lanzamiento, lo que resultó en cierto modo premonitorio.

El éxito de dicha expedición, que dura ya 30 años, radica en todos los "por si acaso" que previeron los ingenieros e investigadores que la idearon. Además, las naves disfrutan de gran autonomía, lo que les permite decidir protegerse a distintos niveles según cuál sea el peligro, sin tener que esperar a que se lo ordene una señal procedente de la Tierra, que quizás llegaría demasiado tarde. Sólo hay que imaginar un barco que, a la vista de un iceberg, tuviera que solicitar permiso para desviarse y no pudiera maniobrar hasta que no recibiera respuesta al cabo de varias horas, que es lo que tarda ahora mismo la información de "ida y vuelta".

Cuando ha sido posible, las Voyager han aprovechado la atracción gravitatoria de algunos planetas para desplazarse "gratis". Michael A. Minovitch determinó en los años sesenta que las sondas espaciales podían ir de un planeta a otro utilizando la fuerza gravitatoria del primero para "lanzarse", lo que ahorraría tiempo y combustible. La masa de Júpiter permitiría viajar a Saturno y Neptuno, y esto es exactamente lo que las Voyager hicieron para impulsarse hasta el planeta anillado. En 1973, la misión Mariner 10 Venus/Mercure había sido la primera en poner en práctica esta teoría.

El buen resultado de la misión hizo posible que se ampliara: la Voyager 2 requirió unas vueltas extras alrededor de Saturno y Urano para llegar a sobrevolar Neptuno, lo que logró en 1989; la Voyager 1, a su vez, tras pasar cerca de Titán y los anillos saturninos, fue programada para no encontrar más planetas a su paso y dedicarse a estudiar el medio interplanetario. Finalmente se realizó "el gran tour" de los planetas gaseosos, desestimado inicialmente. Y no sólo esto, sino que se está yendo todavía más lejos en la denominada Voyage Interstellar Mission (VIM, misión interestelar de las Voyager), que comenzó en 1989 y continúa en la actualidad. La VIM pretende determinar hasta donde llega la influencia del Sol o, lo que es lo mismo, dónde comienza el medio interestelar, una línea imaginaria de demarcación llamada heliopausa que rodearía todo el Sistema Solar como una burbuja. También se interesa por las características del campo magnético solar, el viento solar y los rayos cósmicos interestelares.

Las maravillosas "instantáneas" obtenidas de algunos planetas y satélites hay que agradecérselas a unas cámaras cuya elevada resolución, según asegura la NASA, permitiría leer el encabezamiento de un periódico a 1 km de distancia. Y que también destacan por su gran estabilidad, "responsable" de que no hayan salido movidas, especialmente las de Neptuno y Urano, realizadas con muy poca luz por su alejada posición respecto a nuestra estrella. Pero estas espectaculares imágenes son sólo la parte más visible del rotundo éxito científico que está siendo el viaje de estos "reyes magos".

Entre muchos otros descubrimientos, la misión Voyager encontró vulcanismo en Io (luna de Júpiter), el otro único caso conocido en el Sistema Solar además de la Tierra. Tiene en su haber tres nuevos satélites jovianos y el sistema de anillos de Júpiter, antaño ignorado. De Saturno, determinó la duración exacta de su día, de 10 horas y 39 minutos, lo que hizo también en otros planetas, y estableció la enorme complejidad de sus anillos. En Urano midió temperaturas similares en los polos y en el ecuador, y encontró un fuerte campo magnético, además de diez nuevas lunas. También estableció que un 15% de su atmósfera es helio, y no un 40% como se pensaba. Neptuno resultó ser el más denso de los planetas gaseosos, y poseer vientos a gran velocidad, así como dos lunas más de las conocidas. Una vez en la fase interestelar, comprobó que la velocidad del viento solar disminuía efectivamente con la distancia al Sol, tal y como defendían hacía tiempo los investigadores.

En julio de 2007, la Voyager 1 estaba a 15.400 millones de kilómetros (103 UA) del Sol, alejándose a una velocidad de 3,6 UA por año, y con una trayectoria 35º por encima del plano de la eclíptica. En cambio, la Voyager 2, a 12.400 millones de kilómetros de la estrella, se desplazaba a 3,3 UA por año, 48º por debajo de la eclíptica. Las Voyager son los objetos realizados por el ser humano que más se han alejado de la Tierra, superando a las Pioneer 10 y 11, que fueron las primeras naves en dejar atrás a los planetas del Sistema Solar. La energía eléctrica que producen sus generadores termoeléctricos por radioisótopos cada vez es menor a causa del decaimiento radioactivo del plutonio con el paso del tiempo. Se calcula que, debido a la eventual interrupción de los instrumentos científicos por falta de energía eléctrica, las Voyager sólo serán funcionales hasta el año 2020.

Estas naves viajeras han traído más regalos de los que nadie les había pedido, devolviendo con creces la inversión realizada. En su interior, el mensaje humano de bienvenida continúa esperando a ser escuchado y visto, en uno de los sueños más bellos que se han intentado hacer realidad. Quizás lo más importante del Disco de Oro fuera decidir qué nos representa como seres humanos y cómo mostrar la diversidad animal y vegetal existente donde vivimos, el planeta Tierra, así como situar a éste en el marco del Universo por nosotros conocido.

Cuando el contacto con las Voyager se pierda para siempre, nos quedará el saber que nos han aportado y la certidumbre de que, cuando quiere, el hombre es capaz de aunar ciencia, tecnología e imaginación para intentar llegar todavía más lejos, hasta lo ignorado.

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Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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