La culpa no es de la Luna

Cristina Junyent / 02-03-2005

Con frecuencia se argumenta que si la Luna induce mareas importantes en los océanos, cómo no nos va a afectar a nosotros, los humanos, que somos tanto más pequeños.

Es cierto que las mareas están provocadas por nuestro satélite, pero su intensidad varía según se trate de un océano grande, como el Atlántico o el Pacífico, o de un mar mucho menor, como el Mediterráneo, donde es casi nula. Esto es así porque la fuerza de atracción entre dos cuerpos es directamente proporcional a sus masas respectivas, por tanto el efecto de la Luna es mayor o menor en función de su antagonista.

Si la diferencia de magnitud entre el Pacífico y el Mediterráneo conlleva que en el segundo la gravedad del satélite sea apenas apreciable, cabría preguntarse cómo puede una persona percibirla, teniendo comparativamente una dimensión mucho menor. Lo chocante del asunto es que a la pobre Luna se le atribuyen los actos de violencia y los nacimientos adicionales que, presuntamente, tienen lugar cuando es llena.

Para comprobar qué hay de cierto en esta creencia se puede buscar una correlación entre la natalidad y el calendario lunar. En 1988, Martens, Kelly, y Saklofske, de la Universidad de Saskatchewan (Saskatoon, Canada), publicaron una revisión de unos estudios realizados a lo largo de cincuenta años en los que se valoraba la correspondencia entre la tasa diaria de nacimientos y los ciclos lunares en distintos países. Los investigadores llegaron a la conclusión de que en ninguna investigación metódica y consistente se hallaba una relación entre la fase lunar y el número diario de nacimientos.

Entre otros, Abell y Greenspan, del hospital de la Universidad de California (Los Ángeles), examinaron 51 ciclos lunares, durante los que había habido 11.691 partos: 8.142 naturales, 141 múltiples y 168 de mortinatos; en una clínica obstétrica de Florencia se revisaron 8.000 casos durante 58 ciclos lunares; y en Madagascar 5.200 nacimientos durante 37. Nunca se encontró que el número de nacimientos en la fase de Luna llena estuviera por encima de la media, es decir, que los días de plenilunio hubiera más partos que cualquier otro día del ciclo lunar. Tampoco hay más actos de violencia, según datos de la NASA.

Finalmente, podría intentar determinarse si existe un efecto “Luna llena”. Es lo que hicieron Michael Shermer, editor del magazín Skeptic, y su equipo. No encontraron ninguno: ni más visitas a urgencias, ni más nacimientos, ni más admisiones psiquiátricas… Cuando coincide un valor elevado con el plenilunio es por pura casualidad. No hay mareas ni de nacimientos ni de asesinatos.

Cierto es que los animales de las zonas intermareales, como los percebes, se ven afectados; pero de forma secundaria, ya que lo que directamente les influye son las mareas del océano. Cierto que los lobos aúllan a la Luna llena, pero porque ven el disco entero, no porque puedan sentir la fuerza de su gravedad. Y cierto también que los sabios fundadores de la Sociedad Lunar de Birmingham, que fueron capaces de cambiar el pensamiento de su época y transformar la Inglaterra agrícola del siglo XVIII en una sociedad industrial, se encontraban los lunes próximos al plenilunio. Pero no porque creyeran que entonces se sentían más inspirados, sino porque podían regresar a casa de noche por unos caminos en los que el alumbrado público aún tardaría en instalarse.

Así pues, ¿por qué tanta gente cree que suceden cosas misteriosas cuando la Luna se ve entera? En España, el 65% de los ciudadanos piensa que la fase lunar afecta al comportamiento. Esto es así porque la memoria es engañosa. Además, buscamos patrones y, de encontrar uno, éste se asienta con facilidad en nuestro cerebro, pero conocer un caso concreto no significa que se trate de un factor generalizado. Como afirmaba Richard Feynman, sencillamente no computamos los casos en los que no hay sincronicidad. Recordamos solamente aquellos en los que sí la ha habido, con lo que establecemos un sesgo.

Volviendo a las mareas, se puede explicar la influencia de la Luna gracias a las leyes expuestas por Newton en el siglo XVII. Según el físico inglés, la fuerza de atracción gravitatoria que ejercen dos cuerpos entre sí es directamente proporcional a su masa e inversamente proporcional a la distancia que los separa. Es decir, cuanto más grandes son dos cuerpos más se atraen; cuanto más alejados están, menos. Por tanto, la Luna se siente menos atraída y atrae menos en el caso del Mediterráneo que en el del Pacífico y, por supuesto, en el de cualquiera de nosotros, de masa mucho menor y, por tanto, irrelevante.

Además, la gravedad lunar no existe únicamente cuando hay plenilunio. Que veamos sólo una parte del satélite durante unas semanas al mes, no implica que no esté entero. No es más que un juego entre la luz del Sol, la propia Luna, que la refleja, y la Tierra, que hace las sombras. Un maravilloso juego de luces y sombras cuya comprensión no disminuye la belleza del Universo que nos rodea.

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El autor

Cristina Junyent es Doctora en Biología por la Universitat de Barcelona y directora de la Fundación Ciencia en Societat.

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